La casa de los '50

Cambios en la familia chilena

La Iglesia Católica tras el Concilio Vaticano II

Tras cinco décadas de profundos cambios, la Iglesia Católica atraviesa hoy un verdadero temporal, cuya salida pasa por recuperar el ABC que la hizo grande, camino en el que estuvo embarcado Juan Pablo II y el actual Papa teólogo, Benedicto XVI.

John Wilson, terremoto Valdivia (1960)

El Credo, que en las iglesias católicas de todo el mundo se recita en la misa, nació de un antiguo concilio ecuménico, el primero de la historia, el de Nicea, en el año 325. Un importante obispo que participó en él, Basilio de Cesarea, relató que fue un concilio de caos total, "una batalla naval nocturna", de todos contra todos, a la ciega. No es novedad, por lo tanto, que también en estos últimos 50 años la Iglesia Católica haya atravesado una tempestad y justamente a partir de otro concilio, el Vaticano II. No es una novedad tampoco lo que desencadenó la tempestad. En Nicea todo se combatió en torno a la creencia sobre la doble naturaleza de Jesucristo, Dios y hombre a la vez, según la convicción cristiana. La herejía más insidiosa en ese entonces era la ariana, que veía a Jesús más como hombre que como Dios. Hoy, los modernos arianos son todos aquellos grandes intelectuales y gente de la calle que ven en Jesús a un sabio, a un maestro, pero nada más que un simple ser humano.

Por eso, la tempestad que atraviesa actualmente la Iglesia Católica no tiene que ver con el celibato de los curas, los sacerdotes mujeres, las libertades sexuales y las otras usuales reivindicaciones de los sectores reformistas. Tampoco tiene que ver con el escándalo de los curas pedófilos que ha golpeado a la Iglesia en los últimos años. El nudo central es siempre el del Credo, surgido del Concilio de Nicea. En 2000, en el año del Jubileo, al fin del pontificado de Juan Pablo II, la Iglesia se sintió en la necesidad de repetir el ABC de su fe y lo hizo con la declaración Dominus Iesus, en la que insistía en esa verdad elemental de la creencia cristiana: que Jesús es visto como el salvador de todos los hombres. Fue blanco de críticas y el Vaticano fue acusado de prepotencia ideológica, pese a que en realidad el documento simplemente repetía lo que dice el Nuevo Testamento, que es la base del cristianismo.

En el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica se enfrentó a la modernidad. Por eso, dejó atrás formas históricas que se habían revelado poco auténticas y acogió la mejor parte del pensamiento crítico iluminista. Pero el drama estalló en los años siguientes, a la par con la crisis cultural que golpeó a Occidente y que tuvo su fecha simbólica en 1968. Esto, porque dentro de las filas de la Iglesia Católica se insinuó la ilusión de que el mundo era libre y "adulto" y en él los cristianos sólo tenían que desaparecer en medio de esa realidad. La virtud del momento parecía ser la invisibilidad.

Pero Juan Pablo II, tras ser elegido en 1978 como el primer Papa no italiano en siglos, vino a dar vuelta esta mesa. Ello, porque él había vivido esa invisibilidad que planteaban algunos tras el Concilio Vaticano II en su Polonia natal, aunque en este caso era una invisibilidad impuesta por el régimen comunista. Por eso, se enfrentó a esa tendencia con increíble determinación y buscó darle un rol activo a la Iglesia Católica. Y ganó. Es verdad, no todo lo que sucedió en el Este de Europa hasta el fatídico derrumbe del Muro de Berlín en 1989 es atribuible a él. Pero, sin duda, la suya fue una extraordinaria revolución que extendió a todo el cuerpo de la Iglesia Católica, desde la Curia Romana a las diócesis locales, las aulas de teología y a todos aquellos que formaban parte del llamado mundo libre. Juan Pablo II enfrentó con poderosos hombros la complicidad entre la cultura católica y el "espíritu de los tiempos", revirtiendo la tendencia impulsada por algunos tras el Concilio Vaticano II.

Mientras tanto, la nueva cultura posmoderna revelaba su escepticismo total, la llamada dictadura del relativismo que criticó Joseph Ratzinger en su homilía de apertura del cónclave, en abril de 2005 que lo eligió Sumo Pontífice. El pontificado de Bendicto XVI, Papa teólogo, sigue también la línea impulsada por Juan Pablo II. Con este fin creó en Roma una oficina expresamente destinada a la "nueva evangelización" de los países donde es más marcada la decadencia de la religión católica, especialmente en Europa.

Por eso, la gran apuesta sobre la que se afirma hoy la Iglesia Católica tiene que ver con el corazón mismo de la creencia cristiana, la idea de Jesús. Esto se relaciona con la realidad de la Iglesia en sí misma, con su forma en la historia. Así, la utopía que en el siglo XIII inflamó a los seguidores de San Francisco de Asís se ha vuelto a presentar en estos últimos decenios: la utopía de un nuevo cristianismo sin jerarquías ni dogmas. Según Benedicto XVI, el sueño de esta "edad del espíritu" ha atravesado el Vaticano II y surge también hoy, pero debe ser rechazada. La respuesta, sin embargo, no es sólo un sistema de normas y estructuras. Cualquier reforma a la Iglesia Católica debe partir desde la esencia de la creencia cristiana. Por esto su lectura del escándalo de pedofilia, que explotó con una violencia inaudita en el quinto año de su elección y podría marcar su pontificado, es que se trata de una oportunidad para impulsar esa penitencia y purificación que permita una renovación de la Iglesia Católica.

Juan Pablo II visita un Chile intranquilo

El 16 de julio de 1985, un grupo de obispos chilenos envió una carta al Papa, donde le reiteraban una antigua invitación: ser el primer Pontífice en visitar Chile. La respuesta llegó el 21de octubre. El viaje se realizaría en 1987. Así, el viaje al país, del Papa que evitó que Chile y Argentina llegaran a enfrentarse en 1978, se desarrolló entre el 1 y el 7 de abril de 1987, provocando una expectación nacional sin precedentes. La venida del "Papa viajero", como se le apodó cariñosamente por susmúltiples travesías a lo largo del mundo, pretendió calmar los ánimos de un país profundamente polarizado. La primera actividad del Pontífice fue una misa en la Catedral de Santiago. Sin embargo, la visita no estuvo ausente de polémica. El gobierno de entonces y la oposición trataron de sacarle provecho al viaje. El 2 de abril, Juan Pablo II visitó al Presidente Pinochet en La Moneda, mientras miles de sus partidarios se reunían en la Plaza de la Constitución. El 3 de abril, durante la beatificación de Sor Teresa de Los Andes en el Parque O'Higgins, grupos opositores al régimen militar protagonizaron violentos enfrentamientos con la policía. En esa oportunidad, el "peregrino de la paz" pronunció una de las frases más recordadas de la gira: "El amor es más fuerte". El Papa continuó su peregrinación y visitó las ciudades de Punta Arenas, Puerto Montt, Concepción, Temuco, Valparaíso, La Serena y, finalmente, Antofagasta.

La Iglesia estos últimos 60 años

La Iglesia Católica chilena vive un período de turbulencias, provocado por las denuncias contra algunas de sus figuras emblemáticas. Pero a lo largo de su historia, ha mostrado siempre una constante. La Iglesia "se toma su tiempo", por lo que es demasiado temprano para prever el final de este capítulo.

Por Alfredo Jocelyn Holt, Historiador

Alfredo Jocelyn Holt

A pesar de su aparente constancia y estabilidad centenarias, la Iglesia chilena de hace seis décadas no es la misma que la actual; tampoco lo son sus efectos pastorales y políticos. Por cierto, cada vez son menos los chilenos que se declaran católicos -de 93% en 1952, se ha reducido su número a 70% en 2002 (cifra de seguro más pequeña hoy)-; la asistencia de practicantes regulares a servicios religiosos ha menguado dramáticamente (a sólo un 17% de católicos hoy), y se dispone de un sacerdote por ocho mil habitantes en este momento, cobertura en constante descenso justamente durante este medio siglo.

Con todo, es muy posible y paradójico que a lo largo de los últimos 60 años, esta misma Iglesia haya gozado y, quizá, siga capitalizando un poder desproporcionado en cuanto a sus tradicionales fuerzas y extensión social, éstos claramente a la baja. Es decir, una Iglesia con menos católicos activos, menos curas y menos llegada directa al grueso de la población, no por ello ha dejado de tener una enorme influencia clericalista. Es más, no es descartable que la haya, incluso, aumentado. De ahí que fenómenos trascendentales, como la Reforma Agraria y el fin de la sociedad señorial, el auge y protagonismo de la Democracia Cristiana hasta hace poco, la radicalización ideológica de la izquierda y centro-izquierda y, últimamente, cierto extremismo "valórico" conservador (no siempre de derechas), resulten impensables sin tener en cuenta a una Iglesia rediviva, sorprendentemente vital, a lo largo de este mismo período convulsionado.

Entender tamaña paradoja permite subrayar en qué ha estado la Iglesia por largos años. Por de pronto, abandonando los patios parroquiales y sacristías, abriéndose a la sociedad, y de paso convirtiéndose, a menudo, en un agente activo de agitación social. Promoviendo, por ejemplo, una agenda de cambio con pretensiones a veces revolucionarias. Precisamente, el vuelco hacia posturas socialcristianas, luego socialistas, en "diálogo" o incluso en franca colusión con el marxismo, que es lo que ocurrió en los años 60 y tempranos 70. O bien, cuando las circunstancias cambiaron, erigiéndose en la única alternativa política posible ante el vacío partidista e institucional impuesto por la dictadura. Posteriormente, girando a cuenta de aciertos claves como fue su defensa a los derechos humanos; de hecho, hubo otras iglesias latinoamericanas, igualmente católicas, que no hicieron dicha opción, costándoles muy caro. Y por último, asumiendo un discurso más moralista cuando, también, se produjo un giro (no sólo en Chile) a favor del conservadurismo durante los años 80-90 y primera década del siglo XXI.

Zigzagueos de esta índole manifiestan, sin embargo, cierta consistencia y notables logros alcanzados en el mismo período. Claridad direccional de sus jerarquías máximas: uno de ellos. Personeros como Raúl Silva Henríquez y los muchos otros obispos nombrados en los años 50 y 60 deben contarse entre los más preparados y hábiles jerarcas que ha tenido la Iglesia en toda su historia nacional. Habilidad contemporizadora, ante todo casuística y con fina sintonía con círculos políticos locales y vaticanos, pudiendo organizarse internamente, atrayendo fondos desde fuera y representando la particularidad del caso chileno en momentos críticos. Se trataba, después de todo, de una Iglesia pobre, aunque capaz de ordenarse disciplinariamente a modo de atractivo compensatorio. Que esta casuística generara fragmentaciones críticas frente a tanto afán acomodaticio y avivara conductas cismáticas al interior de partidos afines a la Iglesia (en el Partido Conservador, luego en la DC) en ningún caso debilitó su jerarquía y mando. Silva Henríquez podía entenderse igualmente bien con "curas obreros" que con Raúl Hasbún, por años su secretario personal. Y aunque en décadas recientes no se ha dado el mismo nivel de coherencia en el liderazgo eclesiástico, la oferta múltiple se ha mantenido. En la Iglesia chilena hay de todo y para todos: nuevas y viejas órdenes religiosas; movimientos más laicales, comprometidos o no socialmente o con posturas contemplativas o espiritualistas. Oferta que se ha traducido en múltiples instancias de reclutamiento y formación de cuadros: colegios (pagados o subvencionados), universidades, "acciones católicas", ONG, lugares de reflexión, etc. Una escena tan ecuménica como potencialmente conflictiva. Sacerdotes criticando a obispos, abanderizándose con "candidatos" a la sucesión de Francisco Javier Errázuriz o sumándose a las denuncias contra figuras emblemáticas, como Karadima, pueden estar dando cuenta de un desorden interno.

¿Desorden porque la variedad está impidiendo un clericalismo más efectivo, porque hay distintas estrategias para enfrentar una sociedad más materialista y secular o porque han decaído el liderazgo y la disciplina? La Iglesia se toma su tiempo; es demasiado temprano para prever las consecuencias de este último capítulo.

Nace el Imperio Microsoft

EN 1975, dos jóvenes, Bill Gates y Paul Allen, crearon los cimientos de la que llegaría a ser la mayor compañía del sector informático del mundo: Microsoft. En la foto, Gates y Allen apenas tenían 19 y 22 años, respectivamente. Por esas fechas, Gates aún era alumno de Harvard y se obsesionó con crear un programa que se convirtiera en la plataforma de los nacientes computadores personales: el MS DOS (Microsoft Disk Operating System). Tras crear el programa, ambos jóvenes se lo ofrecieron al gigante del sector computación, IBM. Claro que lo hicieron manteniendo los derechos de propiedad intelectual. Un año después de haber creado este software, Gates abandonó los estudios universitarios y se trasladó a Albuquerque En el año de la foto, los ingresos anuales de Microsoft eran de US$ 17.500. La joven empresa equipó su MITS Altair 8800 con su programa. La máquina, una antecesora de los actuales PC, fue una de las primeras computadoras que estuvieron al alcance del presupuesto de los ciudadanos privados.

Hoy, Microsoft es el fabricante del sistema operativo para computadores personales más usado del mundo, mientras Bill Gates posee la mayor fortuna privada del planeta, la cual asciende a más de US$ 53.000 millones.

Internet

El periodismo en los tiempos del digital

Se acabó un cierto orden del mundo de la información apoyado en dos fases: primero, el espacio temporal del acontecimiento y, segundo, el espacio de su tratamiento periodístico. Ahora, todo viene a la vez, el suceso y su análisis, la descripción de los hechos y sus comentarios por la audiencia.

Por Jean Francois Fogel

Jean Francois Fogel

A estas horas de la mañana, no existía la más mínima referencia al asunto en la producción de las agencias de prensa, radios, televisiones del mundo entero. No se podía encontrar un soplo de información sobre lo que sería cantado como "milagro en el Hudson", pero tanto la imagen como el texto, circulando entre twitt y retwitt a la velocidad de la electricidad, ya estaban en las pantallas de los profesionales del periodismo anunciando el fin de un ritual más que centenario de la prensa: el cierre.

En la prensa diaria, el cierre es el momento en que el proceso de producción pasa del área de los periodistas a la imprenta. En los medios audiovisuales, existe también este momento en que se define el orden de la narración linearia de temas que componen un noticiero. Pero para Janis Krums, el autor del "twittpic" (la imagen y el texto) sobre aquel avión flotando en el río, no había fin ni pasado y tampoco futuro, sólo existía el tiempo real, es decir, su tiempo de aficionado sacando fotografías y jugando con el teclado de su teléfono celular. Y para el resto del mundo, recibiendo su producción a través de una cadena de aficionados, había el invencible anuncio en tiempo real de que "algo pasa".

Para el periodismo, la irrupción del tiempo real, apoyada en la tecnología digital, es una doble pérdida. Por una parte, desaparece la idea de la cita con la audiencia. El tiempo real no es ni siquiera el tiempo del acontecimiento o la hora de la distribución del diario o del principio del noticiero de la radio o de la televisión. El tiempo real es el exacto momento de la conexión para un usuario que exige una experiencia con un contenido actualizado en el momento que le conviene. Pero, por otra parte, es también la pérdida de un tiempo específico dedicado al periodismo. Se acabó un cierto orden del mundo de la información apoyado en dos fases: primero, el espacio temporal del acontecimiento y, segundo, el espacio de su tratamiento periodístico. Ahora, todo viene a la vez, el suceso y su análisis, la descripción de los hechos y sus comentarios por la audiencia.

El mundo digitalizado funciona como estos partidos de fútbol que tanto malestar provocaron a Joseph Blatter en el último Mundial: sigue la jugada, pero ya se ve en la pantalla del estadio el fuera de juego vergonzoso o la ceguera del árbitro frente al gol válido y no hay manera de detener las conversaciones escandalizadas en las tribunas. Blatter tomó la decisión de prohibir repeticiones de jugadas en las pantallas del estadio. ¿Pero quién consigue apagar las pantallas que manipulan varios miles de millones de personas en el mundo globalizado y digitalizado?

Este es el mundo donde se debe reinventar el periodismo. De nada sirve el sueño de huir hacia comportamientos y reglas del mundo analógico. Basta ver, por ejemplo, lo que propone el Financial Times, una marca de indudable prestigio, con su servicio Alphaville, para entender cómo el tiempo real se transformó en el tiempo periodístico obligatorio. Alphaville es una cobertura en directo, sin demora, de los movimientos en los mercados del mundo entero, análisis incluido. No existe algo más arriesgado para la prensa, pues en el momento en que se explica la subida de una cotización puede empezar la baja rápida que quita credibilidad al periodista.

Al contrario de lo que muchos opinan, la vida digital no creó nuevas oportunidades de equivocarse para un profesional de la prensa. Pero ahora le permite hacerlo en tiempo real, lo que no es un consuelo.

ADN