“La derecha chilena parece clínicamente muerta”

Polémico como pocos en su sector,Hermógenes Pérez de Arce recuerda sus comienzos en política,rescatalas figuras de Jorge Alessandri y Augusto Pinochet y arremete contra la pérdida de principios tradicional es que, según él, predomina en los partidos del oficialismo, aunque admite que quizás esa era la única forma en que la derecha volviera a La Moneda.

TEXTO: Gaspar Hübner

AUNQUE lejos de la atención y polémica que solían provocar semanalmente sus columnas, Hermógenes Pérez de Arce sigue siendo un referente obligado para buena parte de la derecha en Chile, por su conocimiento íntimo del sector. Quien fuera diputado por el Partido Nacional en las postrimerías del gobierno de Allende y candidato a senador tras la recuperación de la democracia –elección en la que fue derrotado por su compañero de lista, Sebastián Piñera-, analiza las razones de por qué sólo tras 50 años fue capaz la derecha de volver al gobierno por la vía democrática. De paso, lanza gruesas críticas contra lo que considera “traición a los principios” en el actuar del gobierno y del Mandatario.

¿Cómo llega a participar en la vida política y por qué?

En 1972, yo hacía comentarios políticoeconómicos en Radio Agricultura, y un dirigente del Partido Nacional, don Ladislao Errázuriz, me ofreció ser candidato a diputado para las elecciones de marzo de 1973. Acepté, ingresé al partido y fui elegido. ¿Aquépersonajes de esa época admiró?¿Qué cosas rescatan vigencia hoy? En la segundamitad de los años 60 admiré a Jorge Prat, que tenía una gran visión de estadista. No recuerdo haber admirado a nadie más en Chile. En la derecha actual no hay ningún líder de peso equivalente.

¿El Presidente Piñera está a la altura de esos líderes de laderecha del pasado?

No. Para empezar, él no es de derecha, sino de centro. Es un político hábil, que hace bien su trabajo y sabe ubicarse donde está el sol que más calienta.

Entre JorgeAlessandri y Augusto Pinochet, ¿de quién se sientemáscercano?

Fui partidario de ambos. Alessandri era un político de vocación republicana, pero como gobernante cometió errores políticos y económicos graves. Pinochet, en cambio, con poca formación republicana, tuvo una intuición genial para elegir el buen camino para Chile y se convirtió en el gobernante más importante del siglo XX.

¿Por qué Pinochethasido tan omnipresente?

Porque derrotó al comunismo e influyó no sólo en cambiar por completo y para mejor el país, sino que sirvió de ejemplo en materia de políticas liberales al resto del mundo.

¿Por qué sólo tras más de 50 años logra la derecha llegar al gobierno?

El actual gobernante no es de derecha, según élmismo lo dice, y la derecha no conduce el gobierno. Tal vez esa ha sido la única forma en que la derecha podía acercarse al gobierno, con un candidato ajeno e híbrido.

¿Qué es lo quedefine aunderechista de hoy?

Lo único que le exijo es que tenga el coraje de declararse derechista. Ese requisito lo cumplen muy pocos. Hoy, lo más que aceptanmuchos es declararse de “centroderecha”, lo que les abre campo para apoyar ideas contrarias a la libertad personal, que generalmente tienen su origen en la izquierda. ¿Quépiensa cuando personas de su sector promuevenregularizar las uniones de hecho entre homosexuales? Que están dispuestos a sacrificar instituciones básicas para el bienestar social, a cambio de parecer “modernos” y conquistar los votos del “nicho” que representan los que quieren acomodar las costumbres y las leyes a sus propias conveniencias, inclinaciones o gustos del momento.

¿Dónde están hoy las principales diferencias al interior de la derecha?

En el distinto grado de solidez para defender las propias ideas. Hay grupos en RN e incluso en laUDI que viven tentados de “pasarse para el otro lado”. Antes, la UDI tenía mayor consistencia doctrinaria, pero últimamente, la he visto debilitarse mucho, tanto a partir del apoyo a Sebastián Piñera, un adversario tradicional suyo en lo ideológico y en el quehacer político. También ha habido abandono de posiciones doctrinarias en aras de la demagogia. Hoy, el gobierno tiene posturas que antes parecían impensadas para la derecha, en materiascomoelaumentode impuestos.... Eso sólo confirma que el Presidente no es de derecha, porque prefiere aumentar el tamaño del Estado a expensas de los particulares, subiendo impuestos, antes que reducir el tamaño del Estado, vendiendo parte de sus inmensos activos. Si se vendiera el 10% de Codelco u otra medida equivalente, no habría necesidad de aumentar impuestos a las empresas, castigar a los dueños de DFL2 y a los ahorrantes ni gravar más a los que pagan contribuciones. Pero tenemos un Presidente populista que, con tal de poder decir que “les quita dinero a los ricos para dárselo a los damnificados”, se niega a que ese dinero lo ponga el más rico de todos, que es el Estado. Me ha llamado la atención la debilidad de la derecha, con la excepción de Hernán Büchi y Luis Larraín, para defender algo que es esencial al pensamiento de derecha.

¿No ve allí una suerte de traición a los princi- pios del sector?

Por supuesto, y por eso he opinado reiteradamente que la derecha chilena parece clínicamente muerta. Lo del “quinto gobierno de la Concertación” es tan real que elministro del Interior ha declarado a Qué Pasa que la estrategia de la campaña y del gobierno de Piñera ha consistido en “abrazar ideas de la Concertación”.

¿Cree usted que esta es laúnicamaneraque tiene la derechade llegar al poder?

El triunfo de Piñera probó que es una buena manera de ganar una elección presidencial, pero junto con reconocer eso, pienso que la derecha chilena ni siquiera intentó presentar un candidato de sus propias ideas para dar esa lucha, siendo que, cuando lo hizo hace 50 años, en circunstancias muy parecidas a las que se presentaron en 2008, levantó la candidatura de Jorge Alessandri y con ella venció a la de Eduardo Frei y a la de Salvador Allende. Yo muchas veces he dicho que ello se debió a que el Juan Antonio Coloma que presidía al Partido Conservador en 1957, eramucho más consecuente, ideológica y políticamente, que el Juan Antonio Coloma que presidía la UDI en 2008.

¿Basta la promesa de hacerungobierno eficiente para refundar la derecha...?

La derecha ha ganado en todo el mundo muchas elecciones con candidatos e idearios propios, pero para eso se necesita tener líderes que sean apropiados, en el sentido de tener atractivo popular y defender un ideario sólido. Como los recursos para hacer buenas campañas siempre han estado al alcance de la derecha, lo que en realidad le falta a esta última es un líder con atractivo popular, ideas firmes y disposición a “hacer la pega” y sacrificarse haciendo campañas y proselitismo.

¿Cuál es la evaluación quehace del gobierno?

Tenemos un gobierno presidido por un “protagonista”, más que por un estadista, obsesionado por su propia popularidad, que hace frecuentes concesiones demagógicas en aras de captar la mayor cantidad de apoyo posible, como lo prueba su idea de subir los impuestos a las personas de mayor patrimonio (contribuciones a propiedades de más de 97 millones de pesos de avalúo) y a las empresas grandes, rebajándoselos a las pymes, y como lo prueba su iniciativa para legalizar las uniones de hecho.

A lo único que no está dispuesto el Presidente es a perder plata, lo que explica que sólo se deshiciera de su paquete de Lan después de elegido, usando una conveniente fórmula tributaria, y que todavía no venda Chilevisión, habiendo un patente conflicto de intereses entre su calidad de controlador y la de Presidente. Todo lo demás está dispuesto a sacrificarlo en aras de la popularidad. Yo le pongo, como gobierno, nota 4, pero gracias al equipo de gobierno le pongo nota 6. No es un gobierno de derecha en algunos aspectos -como el apoyo a la venganza comunista contra los uniformados, visión de la historia reciente, visión sobre los derechos humanos, debilitamiento de la familia matrimonial- y sí lo es en otros, como la mayor severidad en materias de orden público, control del delito, respeto a la empresa privada.

Muchos han criticado la desprolijidad en temascomolos nombramientos... En general, los nombramientos deministros y subsecretarios han sido acertados y las excepciones han sido escasas. Las llamadas “desprolijidades” han sido comprensibles. Pienso que el equipo de gobierno es bueno y que las fallas han estado en el Presidente, principalmente en el tema tributario, en incumplimiento de promesas, como los conflictos de intereses, el posnatal de seis meses, la exención de cotizaciones de salud de jubilados, y en el aspecto valórico, como en el tema de las uniones de hecho, la comisión para estudiar la derogación de la prescripción en perjuicio de los ex uniformados, el mantenimiento de la oficina de derechos humanos para perseguirlos desde el Ministerio del Interior.

¿Cómo se explican en tuertos como el ocurrido con el embajador Otero?

A Miguel Otero lo sacó la Concertación, pues sus declaraciones no habían provocado mayor reacción en el gobierno argentino, entre otras razones, porque reflejaban la verdad. El gobierno chileno no tuvo responsabilidad en sus dichos, pero sí semostró débil ante la oposición chilena. Y la declaración del Presidente frente al caso fue lamentable, pues no tenía nada que ver con el tema (“este gobierno siempre defenderá la democracia y los derechos humanos).

¿Quién cree que es el hombre fuerte del gobierno?

En el gobierno no hay un hombre fuerte, aparte del Presidente-protagonista, omnisciente y omnipresente. ¿Qué opina del manejo con la oposición? Este gobierno tiene la suerte de tener la oposición más débil y carente de conducción que recuerda la historia reciente, cuyo único activo es la popularidad de Michelle Bachelet, que ha tenido la habilidad de mantenerse al margen y de limitarse a esperar que siga transcurriendo el tiempo en su favor.

“Pinochet sirvió de ejemplo en materia de políticas liberales al resto delmundo”.

“Hoy, lo más que aceptan muchoses declararse de ‘centroderecha’”.

60 años de política chilena

En los 60 años pasados, la política chilena pasó por todas las experiencias que en esos años sacudieron al mundo. Como un buen país remoto, ha sido disciplinado frente a las grandes tendencias. El Chile de hoy parece otro país, pero no es así: se refundó a sí mismo, sin saberlo y sin planearlo.

Por Ascanio Cavallo

El viento veleidoso de la Guerra Fría entró a Chile en los años de Gabriel González Videla, que ganó la Presidencia con el apoyo del Partido Comunista y dos años más tarde lo proscribió. Con él llegaron también las últimas olas de la ampliación de la democracia -el voto femenino- y la decadencia del principal partido del medio siglo, el Radical, que impuso su impronta laica, centrista e igualitaria sobre una sociedad pobre y provinciana.

Después de 14 años de administraciones radicales, al despuntar los 50, el estilo de los "políticos tradicionales" había hartado a la gente y el nuevo voto, con las mujeres debutando, se fue hacia un candidato cuyo eslogan era una escoba con la que prometía "barrer" a la clase política. Carlos Ibáñez del Campo consumó el sueño de los autócratas: después de una breve dictadura ejercida un cuarto de siglo antes, ahora era elegido con el 46,79% de los votos populares.

Ibáñez coincidía con el populismo desarrollista que ponían en boga Juscelino Kubitschek en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina. Eran los años del ABC, los de la industria y la sustitución de importaciones. Los años de gloria de la Corfo. La política avanzaba de la mano con el Estado, y éste, con las grandes chimeneas.

Persistía por detrás el hecho esencial: Chile era un país pobre. Qué pobre, casi miserable. Para el ascenso de Ibáñez, la mejor esperanza de vida al nacer, la de las mujeres, era de 53,8 años. La extrema pobreza superaba el 30%, aun con los modestos raseros de entonces. Sólo un 4,5% de los chilenos llegaba a la educación secundaria, menos de un tercio tenía vivienda propia y la migración a Santiago iniciaba su expansión masiva, despoblando el Norte Grande.

La aventura ibañista de la antipolítica duró lo que podía: seis años. Después regresó la política en pleno, con la Guerra Fría en la espalda. Las elecciones de 1958 se las arrebató la derecha a la izquierda por 33 mil votos y la intercesión de un cura, el de Catapilco. Ese año sufragó más gente que nunca antes en Chile: la extensión del voto femenino y el control del cohecho significaban que la democracia galopaba hacia las masas.

Pero el nuevo gobierno, con Jorge Alessandri, caminaba en la otra dirección. Cincuenta años después, la propia derecha culparía a su estilo "gerencial" de su incapacidad para encantar a las masas. Alessandri, el hijo del hombre que había levantado a la "querida chusma" contra la aristocracia de los 20, quiso construir una nueva aristocracia fundada en las familias y las empresas, pero al final de su gobierno parecía que la derecha no volvería al poder en una centuria.

La política se desplazó hacia el Parlamento (a pesar del odio del Presidente contra esa idea). Al mediar los 60, florecían allí los grandes líderes, que más que militar en sus partidos, parecían rebasarlos con sus inspirados discursos: Pedro Enrique Alfonso, Salvador Allende, Carlos Altamirano, Luis Bossay, Luis Corvalán, Eduardo Frei, Arturo Matte, Orlando Millas, Rafael Tarud, Radomiro Tomic (orden alfabético), entre otros.

La derecha de la época -proteccionista, desarrollista y conservadora- empezó a quedarse sin programa frente a un país, un hemisferio y un mundo donde el cambio social acaparaba el prestigio. Abatida, debió plegarse a las masas, que llevaron al poder a Eduardo Frei Montalva con sus promesas de la "patria joven" y la "promoción popular".

La campaña de Frei fue apoyada por la CIA, ya se sabe, pero su política exterior prefería a los No Alineados y su política interior golpeaba una y otra vez a la derecha. La reforma agraria podía ser una necesidad histórica, pero hirió a cientos de familias en lo más profundo de su cultura y sus tradiciones. La semilla del odio se empezaba a sembrar en terrenos que la marea reformista no quería o no alcanzaba a ver.

La política, una brizna de la historia que siempre quiere ser el viento, siguió la misma senda. La "amistad cívica" estaba quebrada en el Congreso para las elecciones de 1970. Frei y Allende, amigos de antaño, ya no se hablaban. El apacible Clodomiro Almeyda bufaba contra sus colegas de la derecha. Sergio Onofre Jarpa amenazaba con puñetes a los comunistas. Faltaba poco para que Carlos Altamirano dejara a su "compañero Presidente" a merced del maximalismo de su propio partido.

Salvador Allende le ganó por 40 mil votos a Jorge Alessandri, a la inversa de 1958. Es una expresión del agotamiento de la derecha que haya puesto de candidato al Presidente que había elegido 12 años antes. La Concertación repetiría ese síntoma el 2009.

Pero aquellas elecciones fueron, sobre todo, el último episodio de esa fantasía llamada "tres tercios". El país se estaba partiendo en dos y antes de que pasara un año del gobierno de la Unidad Popular, esa fractura se volvió irreversible, con la alianza entre la Democracia Cristiana y la derecha.

En una época en que las encuestas aún no eran una industria, la fuerza política se mostraba en las portadas de los diarios partidistas (casi todos); en las calles, con esas marchas y concentraciones que la UP llevó al paroxismo, y en las elecciones municipales, donde el gobierno solía crecer. El Parlamento se convirtió en un teatro de maniobras: la oposición empezó a destituir ministros mediante acusaciones constitucionales; el gobierno respondió enrocando a los ministros y usando los "resquicios legales" que le permitían operar de facto en los intersticios de la ley.

Al término de la "amistad cívica" sucedía el galope de la "enemistad final": tanto la derecha como la izquierda pensaban que sus adversarios querían exterminarlos, y las señales de que eso era cierto eran confirmadas día a día por sus brazos extremos. La política comenzaba a calcinarse en medio de la retórica incendiaria.

El gobierno de la UP extendió los desgarros de la reforma agraria a la industria, al comercio y hasta los servicios, con el agravante de que a su ultraizquierda nada le parecía suficiente. La inflación, que se había convertido en un vicio oficial desde González Videla, corría a sus anchas; la izquierda parecía no comprender que las clases más azotadas por ese fenómeno eran precisamente las populares.

A mediados de 1973, la política había abandonado sus normas. Los partidos habían dejado de creer en la democracia: los de izquierda, sobrepasados por la perspectiva del "poder popular"; los de derecha, por la de un golpe "refundador". La oposición pedía la renuncia del Presidente, Allende llamaba a los militares al gabinete, los partidos conspiraban en busca de una ruptura favorable del equilibrio. Chile se hundía en una triple crisis: modelo de desarrollo, forma de democracia y modernización cultural.

El golpe de Estado no canceló la política: la transformó. El general Augusto Pinochet gobernó con las Fuerzas Armadas, pero sobre todo, con una amplia coalición de derecha, que iba desde los grupos fascistas hasta los políticos tradicionales de la derecha. El estilo cortesano con que se rodeó generó sus propios anticuerpos, y dio paso a una derecha que muy pronto querría separarse de todo eso. Al lado opuesto forzó, por exclusión, otro ancho conglomerado, que iba desde el violentismo hasta los políticos centristas tradicionales.

Para el plebiscito de 1988, ambos grupos ya habían entendido que no se podían aniquilar. Mientras caía el Muro de Berlín, caía también el de Santiago. La transición supuso restablecer las prácticas de la negociación y el consenso, y por eso excluyó de entrada a los ultras de ambos lados. Contra el maximalismo, un cierto minimalismo. Contra el poder total, "la medida de lo posible". Contra la revolución, el gradualismo.

La Concertación encarnó esos atributos mientras al unísono se desgastaba en ellos. Y mientras, en esas dos décadas, la derecha se ajustaba lentamente a los mismos. Ley de la política: los cambios jubilan a sus padres.

En los 60 años pasados, la política chilena pasó por todas las experiencias que en esos años sacudieron al mundo. Como un buen país remoto, ha sido disciplinado frente a las grandes tendencias. Las encuestas sustituyeron a las concentraciones, los operadores a los oradores, las redes a los comités centrales, el pragmatismo a la elocuencia, la épica ciudadana a la leyenda política. Parece otro país. Pero no es así: Chile se refundó a sí mismo, sin saberlo y sin planearlo.

Y no se puede decir que sea peor.

Gabriel Salazar: “No tenemos líderes carismáticos como los de antes”

El premio nacional de Historia desmenuza los cambios vividos por los movimientos de masas y cómo éstos han afectado a la izquierda. Según su mirada poco complaciente, Chile carece de verdaderos líderes y menos de partidos que puedan decir, con propiedad, que son de izquierda.

TEXTOGaspar Hübner / FOTOGRAFIA: Rafael Martínez

GABRIEL Salazar tiene una mirada respetada en el mundo académico y su obra como historiador se ha centrado en el desarrollo de los movimientos populares en Chile. Sin embargo, está lejos de ser complaciente con las transformaciones vividas en las últimas décadas, particularmente las que han afectado a los partidos de izquierda. En esta entrevista, realizada en el living de su casa en La Reina, Salazar advierte sobre la ausencia de líderes carismáticos dentro del sector al cual se siente emocionalmente vinculado.

Hace 50 años, los movimientos sociales tenían un peso que hoy no tienen, como ocurría con sindicatos, ¿qué explica esta pérdida de influencia?

Hay que diferenciar lo que fueron los movimientos de masas de antaño, de lo que son hoy los movimientos sociales.

Los movimientos de masas de los 50 y 60 eran aglomeraciones de gremios en la calle. Por un lado, la clase obrera industrial; por otro, los pobladores y sus tomas, los estudiantes, los funcionarios públicos. En esos años, los gremios organizados se manifestaban en la calle, ya que eso es lo que hacía noticia.

Cuando había una huelga, había movimiento en la calle, y los diarios especulaban cuántos habían asistido a esa manifestación. Eso caracterizaba a la masa: la presencia multitudinaria en la calle -en ese tiempo, cualquier manifestación juntaba, mínimo, 30 mil personas. Eso es muy distinto a los movimientos sociales de ahora. Para empezar, no están en la calle.
El movimiento social está constituido por grupos, personas, redes sociales que piensan y tienden a ejecutar por sí mismas. No tienen presencia pública, no son visibles. Pero están organizándose bajo cuerda. Hay mucha asociatividad
que no se ve, desde la delincuencia, pasando por las barras bravas, los colectivos universitarios, las redes juveniles…

Hay mucha actividad social, sobre todo en los sectores populares, que revela independencia de los partidos. Estos movimientos, a diferencia de los de masas, no se rigen ni se guían por líderes.

Entonces, su fin no es negociar con el gobierno, como era antes…

Tampoco constituyen bases de los partidos políticos. Son movimientos que están
anclados en las poblaciones, pero que tienen sucursal en las universidades.
Es un movimiento cultural, contestatario…Eso es nuevo.

De los movimientos de masas se nutrían los partidos de izquierda y de centro, de ahí surgían liderazgos, hoy parece no ser así.

En ese tiempo, esos partidos estaban organizados democráticamente en torno a sus bases, funcionaban en base a convenciones y congresos. Había una celebración democrática de la base mayormente manejada por la máquina del partido.

Además, tenían los frentes de masas, los que funcionaban agitando a las masas en la calle. Ahí demostraban su fuerza. Los problemas políticos, en tanto, se decidían dentro del Estado y el rol de la masa era pedir, cantar y protestar. Eso se rompió con el golpe y hoy ningún partido funciona de esa manera. Los partidos hoy son cúpulas que están desconectadas de la base social y sólo pueden conectarse con ella a través de la televisión, de los medios de comunicación. Por lo demás, no quieren movimiento de masas, les tienen miedo
a las masas. Por eso los partidos son de centro. Hoy no hay partidos de izquierda, son todos liberales. Los partidos están desapegados de la base social y por eso se entiende su desprestigio.

Entonces, ¿cómo se explica que la Concertación hubiese podido mantenerse 20 años en el poder?

Lo que ocurre es que los partidos de la Concertación tenían un pasado profundamente reformista y revolucionario, como la DC y el PS. La gente tenía en su memoria esto y demoró mucho en darse cuenta que habían abandonado sus posiciones políticas y comulgado con esta rueda de carreta que es el neoliberalismo.

Yo creo que la Concertación gobernó 20 años con el permiso de su base social,
que no creía en ella, pero que no tenía alternativa.
Votó por el mal menor. Por eso, frente a la Concertación, Piñera con
su discurso del cambio y su actitud populista, logra mostrarse como una aparente alternativa. Y los nuevos movimientos sociales están en una etapa de formación, de ir masticando lentamente una propuesta alternativa, que al momento que pueda producirse va a provocar un reventón histórico total.

Hay gente que ha visto en movimientos como el de los pingüinos destellos de un posible reventón como el que usted menciona.

Las encuestas señalan insistentemente una baja en la credibilidad de las instituciones de todo tipo. ¿Qué significa eso? Que hay una feroz crisis de representatividad.
La gente vota porque tiene que votar. En otra época, existía una altísima credibilidad en los líderes políticos, eso le permitió a la DC plantear una Revolución en Libertad.

¿Qué ha pasado con los liderazgos en estos años?

Antes, el movimiento de masas necesitaba líderes. La masa necesita que sus inquietudes, sus proyectos, sus demandas se expresen a través de una clave carismática.
Frei encandiló a la juventud.
Allende, mal que mal, encarnó un proyecto popular y la gente creía en él. Pero hoy no tenemos líderes carismáticos como los de antes. Aylwin no tuvo ningun carisma popular; Frei, menos; Ricardo Lagos pudo haberlo tenido. Bueno, Bachelet… no es una líder carismática, es simpática, pero no es líder carismática, y Piñera, menos.

Paradójicamente, al no haber grandes liderazgos carismáticos, quizás ello ha impedido que Chile transite hacia los extremos, como muchos vecinos.

No; el factor que incide en esta supuesta estabilidad del sistema político ha tenido mucho más que ver con el Ejército que con los políticos. Hay estudios acerca del comportamiento de las Fuerzas Armadas que
llegan a la conclusión de que el Estado, el sistema político, en Chile, ha sido construido por la intervención militar. En dos oportunidades de maneramuy clara, la de 1829 y la de 1973, ambas con una feroz represión.
Estamos hablando de Portales y de Pinochet, que son perfectamente comparables.

En cambio, en 1925, las fuerzas militares estuvieron divididas y ahí la traición
feroz a las clases populares provino de Alessandri. Pero quien afianzó, en definitiva, el Estado de Alessandri curiosamente fue su adversario, Carlos Ibáñez. Entonces, las tres veces que en Chile se ha construido Estado, lo hicieron los militares, con golpes tan bien hechos, tan eficientes, que nadie ha necesitado intervenir nuevamente; al revés de otras partes de América Latina. Es una estabilidad avalada por la fuerza de lasarmas.

¿Cómo ve los liderazgos actuales? ¿Hay alguien que pueda acercarse a los líderes de antes?

Yo creo que no hay líderes en Chile, si vamos a entender por ello al líder que acaudilla un movimiento, que genera una transformación del Estado, que tiene estatura de estadista. No hay ni uno. Entre otras razones, porque en Chile la clase
política no piensa en los problemas profundos del país, en su trayectoria histórica.
Acá, los políticos sólo piensan en función de la próxima elección, de la campaña,
de la estrategia. Están en la táctica electoral, en la táctica del voto. El que pudo haber pensado un poco más profundamente fue Ricardo Lagos, pero se
quedó en el mismo jueguito de corto alcance. La enorme simpatía que despertó
Miche-lle Bachelet fue pura simpatía, porque no propuso nada de fondo, y Piñera, mucho menos.

Un tema que ha estado presente en el discurso político de las dos últimas décadas es el de la corrupción y el del tráfico de influencias…

¿Qué pasó? Como Pinochet mandó fuera del Estado a unos 150 mil funcionarios
públicos, había una enorme cesantía en las personas que eran de izquierda y de centro. Luego se produce la transición, y toda esa gente llega al Estado, pero sin
contrato permanente, sino que por proyecto, a honorarios, a contrata, etc. Y
¿qué es lo que pasa allí? Que inevitablemente eso obliga a medrar por proyectos
para obtener plata, y aparece la corrupción.
Es inevitable. La crítica de Piñera a la Concertación, denunciando esta corrupción, es real. Pero la estructura del Estado quedo así, y él no va a poder liberarse de ella, porque si quiere hacer política populista va a tener que recurrir a
los mismos mecanismos de licitación pública y de proyectos... No sé cómo va a
resolver el problema. Lo cierto es que el Estado de hoy es muy distinto al anterior.
Ya no existe esa clase media burocrática en el sentido que tenía antes. En rigor, no hay clase media burocrática estatal.

¿Y qué ha pasado con la movilidad social?En estas últimas décadas, se han reducido las tasas de pobreza, pero, a su vez, la precariedad en el empleo de las clases medias mantiene vigente la amenaza de volver a la pobreza.


Yo estudié en la universidad cuando era una minoría privilegiada la que podía
estudiar, y comencé a trabajar como profesor de Estado. Partí con contrato y más encima, cada tres años me aumentaban automáticamente el sueldo. Entonces, como tenía resuelta mi vida laboral, me preocupé mucho más de producir más y mejor historia, más queescalar posiciones. En cambio, lo que veo hoy en día es que nadie tiene contrato indefinido, son poquísimos. Entonces,
tú tienes que luchar por tu futuro, peleando permanentemente con otros y no
tienes tiempo de profundizar en tu propio proyecto. La competitividad, la lucha
laboral, los aserruchamientos de piso llegan a dar pena. Por eso es una clase media inquieta, muy competitiva y, por otro lado, con poca seguridad. Apenas
tiene posibilidad se endeuda... si le ofrecen un crédito preaprobado por seis millones y por correo, se endeuda. Es una clase media endeudada y eso complica
mucho la situación, porque en ese contexto, tú no tienes fidelidad a ningún objetivo ético o político a largo plazo, y eso juega a favor del oportunismo.

“Los partidos hoy son cúpulas desconectadas de la base social (...), no quieren
movimientos de masas, les
temen a las masas”.

“La Concertación gobernó con el permiso de su base
social, que no creía en ella”.

En tierra derecha

A diferencia de otros períodos, que incluyeron cuatro derrotas presidenciales sucesivas, hoy la centroderecha chilena tiene la ventaja de saber que transita por el lado correcto de la vereda histórica y la convicción de que el modelo es el adecuado para enfrentar los grandes desafíos nacionales. Instalado en La Moneda, la apuesta de Piñera no es engrosar electoralmente las filas del sector para blindarlo per sécula, sino pedirle a la ciudadanía una oportunidad para demostrar que el sector lo puede hacer mejor. Ahora le corresponde al Presidente cumplir la promesa.

Por Héctor Soto

La derecha, que estuvo purgando 20 años su apoyo a la dictadura del general Pinochet, llegó el 2010 a La Moneda con Sebastián Piñera, quizás si el menos representativo de todos sus líderes. El sector sólo había sido gobierno seis décadas antes, con Jorge Alessandri, cuando la atomización del sistema político y las extravagancias del sistema electoral entonces vigente permitían alcanzar la Presidencia con apenas un tercio de los votos. Esta misma licencia que se vivió con Alessandri se repetiría 12 años después, con consecuencias harto más trágicas para el país, con Salvador Allende. Si bien hay rasgos históricos persistentes en la identidad derechista -la fe en el orden y en la responsabilidad individual, la apuesta por los valores tradicionales y el libre emprendimiento, la coalición que triunfó este año está recargada por dos ventajas. La primera es la conciencia de estar -tras la caída del Muro de Berlín- en la vereda por donde circula la historia y el desarrollo, sensación que la derecha no tenía desde los años 30, cuando, a raíz del desprestigio del capitalismo, Chile entró en una espiral intervencionista que no se detuvo, sino hasta el momento mismo en que el gobierno de la Unidad Popular terminó devorándose a sí mismo. La segunda ventaja es la convicción de que el modelo -modelo que a estas alturas es mucho más que un esquema económico, mucho más que una estrategia de crecimiento económico- es capaz de proveer de buenas y renovadas respuestas a los desafíos nacionales. El diagnóstico de la derecha es que si bien Chile ha progresado en los últimos 30 años como nunca antes en su historia, el país todavía está muy lejos de haber curado las heridas que lo cruzan en términos de desigualdad, disociación y pobreza. Puede ser incómodo y políticamente incorrecto para la nueva derecha recordar que ese modelo es la herencia que le dejó al país el régimen militar, pero es la pura verdad y más le convendría asumirlo de una vez por todas.

El hecho de haber triunfado en las elecciones presidenciales a lo mejor todavía no prueba que la centroderecha sea una coalición políticamente exitosa. Para muchos analistas, lo que ocurrió no es que la Coalición por el Cambio haya ganado; lo que ocurrió es que a la Concertación, seguro que inconscientemente, se le puso entre ceja y ceje perder. Y -claro- lo logró tras una gradual pérdida de sentido histórico, cometiendo un error tras otro y no obstante interpretar a una supuesta mayoría sociológica.

En realidad, ni tanto ni tan poco. Es cierto que la centroderecha venía de cuatro derrotas presidenciales consecutivas; es cierto que durante años sus dos partidos ejes cultivaron el canibalismo hasta extremos no sólo de anularse recíprocamente, sino también de postergar su renovación interna. Pero nada despinta la contundencia de algunos hechos aplastantes.

La derecha, de partida, teniendo quizás un discurso mucho más bruto que la Concertación en términos de refinamiento político, entiende bastante mejor la complejidad de las sociedades modernas y sabe que el poder no se dirime sólo en el gobierno; porque lo sabe, durante dos décadas el suyo (poder de índole social, económica, mediática, cultural y también política) fue de hecho un poderoso contrapeso al de los gobiernos concertacionistas. Ocurre, por otra parte, que la Concertación en lo básico gobernó con las ideas de la centroderecha, lo cual, no siendo en verdad ningún consuelo cuando se pierden cuatro elecciones presidenciales al hilo, vaya que le dio tranquilidad al sector.

Hay otro plano donde las cuentas del sector no debieran ser subestimadas. La derecha chilena es bien excepcional en el contexto sudamericano, donde una mezcla de deserción histórica, suicidio político y embriaguez populista en la práctica la terminaron haciendo desaparecer como alternativa de países como Argentina, Venezuela, Bolivia, Brasil o Ecuador. La derecha sudamericana hizo abandono. Vuelve de vez en cuando a estas naciones, de picnic, en verano, a disfrutar de sus ranchos y sus estancias. Pero eso no tiene nada que ver con estar presente en el imaginario político latinoamericano y -menos- con haberse ganado un lugar en el corazón de su electorado.

La derecha chilena siente que no va a ser tan fácil que le quiten el país. Es cierto que ese sentimiento tiene una dimensión un tanto impresentable -un país es algo más que un fundo-, pero en su origen revela un compromiso con los destinos de Chile que no es puramente patrimonial o autoritario, como pudiera parecer a primera vista. En Chile la derecha podría ser parte del problema, pero no debiera caber dudas a estas alturas que también es parte de la solución.

Como sector político que cuenta, pesa, influye e interpreta a un sector transversal de la sociedad -con fuerte presencia en la elite, pero también en la base social-, recién ahora, con el gobierno de Sebastián Piñera la centroderecha chilena se enfrenta al desafío de ser mayoría. Hacía muchas, muchas décadas que no se lo planteaba. No lo hizo durante el siglo XX, en parte porque el horno no estaba para bollos y en parte porque tenía un caudal de votos suficiente para establecer un poder negociador importante con sus bancadas en el Congreso. Tampoco lo hizo después del régimen militar, cuando el pinochetismo prefirió que la derecha se radicalizara en una política excluyente, defensiva y nostálgica de l'ancien régimen.

Qué tiene de raro, entonces, que si Piñera llegó al gobierno lo haya hecho sobre la base de una plataforma muy centrista. Si se hubiese quedado con la derecha dura difícilmente hubiera podido remontar el tercio de los votos. La apuesta de Piñera no es engrosar electoralmente las filas de la centroderecha para blindarla per sécula, sino pedirle a la ciudadanía una oportunidad para demostrar que el sector lo puede hacer mejor.

Con un electorado mucho menos matriculado políticamente de lo que piensan los analistas, ya logró que se la dieran. Ahora le corresponde al Presidente cumplir la promesa.

Golpe de Estado (1973).

Ese día llegué temprano al Banco del Estado, en el centro de Santiago, como a las 7.45. A esa hora ya había carabineros cortando el tránsito. Eran los primeros indicios de que algo estaba pasando. No había micros y casi ningún auto. Entramos a trabajar, pero los jefes nos hicieron evacuar de inmediato. Nos dijeron que los militares se iban a tomar el poder. Por la Alameda ya se veían los militares, grupos bien numerosos, con un distintivo naranja en el cuello. En el auto de un conocido llegué hasta el Paradero 6 de Gran Avenida. Como no había locomoción, empecé a caminar a pie hacia Vicuña Mackenna y pasé a buscar a mis hijos al colegio. Cuando llegamos a Vicuña Mackenna, había militares disparándole a un edificio. Así que pesqué a mis cabros chicos y nos subimos a un auto cualquiera, era la única manera de salir. El conductor nos dejó en Departamental. En ese momento vi pasar los Hawker Hunter en un vuelo súper rasante, un poquito más arriba de los postes. Recuerdo que levantaron una gran polvareda e hicieron que la mayoría de la gente en la calle entrara en pánico. Cuando iba como en el Paradero 11 de Vicuña Mackenna, volvieron a pasar los aviones. Estaban bombardeando la Radio Corporación, de lo que me enteré cuando llegué a casa. A los tres días volví al banco. Aún se podían ver partes de La Moneda en llamas.

El plebiscito del 88.

El 5 de octubre de 1988 fue la fecha en la que se convocó a la ciudadanía para plebiscitar la permanencia de Augusto Pinochet en el gobierno. Según contemplaban las disposiciones transitorias, 27 a 29, de la Constitución Política de 1980, los chilenos debían decidir si el comandante en jefe del Ejército continuaba en el poder hasta 1997 o si habría elecciones democráticas, presidenciales y parlamentarias conjuntas, al año siguiente. Muy temprano en la mañana, casi la totalidad del universo electoral de 7.435.913 personas concurrió a hacer pacientemente fila en los locales de votación. Un mes antes del plebiscito, los chilenos habían contemplado por primera vez en su historia la transmisión de franjas políticas por las pantallas de televisión. Estas resultaron ser claves, ya que la franja opositora fue capaz de involucrar no sólo a políticos, sino que a actores, artistas, músicos y personas comunes y corrientes, de una manera alegre y esperanzadora, en un claro contraste con el tono amenazante de la franja del Sí. El resultado, quizás uno de los más esperados en la historia política del país, llegó tarde en la noche y no estuvo exento de polémica por la demora en su entrega: 44,01% por la opción Sí y 55,99% por el No. Un año más tarde, Patricio Aylwin ganaba las elecciones presidenciales.