Poco más de 7.300.000 chilenos y chilenas recibieron la década del 50. Desde entonces, la población del país se ha más que duplicado. Y los cambios han sido enormes. Pero también hay aspectos que se han mantenido hasta el día de hoy. Durante esos años, se estableció el salariomínimo; se creó la Corporación de Vivienda -antecesora del actual Serviu- para enfrentar el grave déficit habitacional,mediante la construcción de grandes conjuntos habitacionales; se creó la Empresa Nacional del Petróleo, la Enap, la cual impulsó fuertemente la explotación de petróleo en el extremo austral. Pablo Neruda volvía del exilio y comenzaba la construcción de su nueva casa, “La Chascona”, en el barrio Bellavista. Mientras, niños y adultos gozaban con las primeras publicaciones del Condorito. A nivel político, Jorge Alessandri era electo Presidente. La derecha sólo volvería a La Moneda al despuntar 2010.
El gran cambio que ha habido en la sociedad chilena de las últimas décadas no es ni económico ni político: es sexual. Lo que más ha cambiado la vida es que la virginidad de la mujer perdió su valor.
Si yo fuera hombre me metería con hartas mujeres -dice Carmen. Estamos en el casino de la facultad, tomándonos un café. Carmen se ha sentado en mi mesa con la Pati y la Andrea. Son tres buenas estudiantes del año anterior.
Y tendría una polola como yo -sigue diciendo Carmen con un tono lánguido-, capaz de perdonar. Porque yo sé que para mi pololo yo soy re importante, que me quiere re harto y eso, y la prueba es que vuelve a mí, no me deja. Pero le atraen de repente otras tipas y va y se las agarra.
¿Pero qué huevá estás diciendo, Carmen? -Perdone el castellano, profesor-. ¿La infidelidad de un hombre es menos grave que la de una mujer, entonces?
Obvio, puh Pati. A las mujeres se nos junta más el sexo con el cariño, más que a los hombres. A mí no me dan ganas de serle infiel a mi pololo, ¿cachái? Bueno, dos o tres veces me han dado ganas, pero no ganas fuertes y pude seguir mi camino porque sé a quién quiero de verdad. Pero para él, a veces, es distinto. Yo me doy cuenta, Pati. Es una cuestión biológica.
¿Y de cuándo acá la biología nos determina tanto? ¿Tú creí que la biología nos hizo pasar de la poligamia a la monogamia? ¿Tú creí que fue la biología la que nos hizo abolir la esclavitud? No, puh... ¿Y cómo es eso de que el deber ser para ti sale de lo que algo es? Los hombres, Carmen, tienen que controlar eso que tú llamas "su biología" y aprender a respetarnos como iguales. Es una cuestión de ética, no de biología, perna.
¿Y tú qué pensái, Andrea?
Yo cuando voy a una disco con mis amigas queremos bailar y queremos chupar y queremos fumarnos unos pititos y queremos reírnos juntas y, obvio, queremos agarrar. Vamos a pasarlo bien, puh. Y esta Andrea -dice arreglándose con gracia su pelo claro- se busca un mino y si tiene suerte se queda con él. Y no sé si será la biología o la ética, la cosa es que cuando despierto en la mañana me visto más que rápido y arranco. Dejo al mino durmiendo. Ojalá no me sienta salir, pienso; ojalá no le haya dado mi celular, pienso. Pero no me acuerdo si se lo di o no se lo di. Pero ojalá no, ¿cachái? Y me escapo sintiendo una penita aquí adentro. -Se larga a reír y luego se pone seria-: ¿Y por qué me pasa eso, me pregunto?
El gran cambio que ha habido en la sociedad chilena de las últimas décadas no es ni económico ni político: es sexual. Lo que más ha cambiado la vida es que la virginidad de la mujer perdió su valor.
A comienzos de los 60 parece que el mundo era muy distinto. No hay que pensar que todas las jóvenes solteras eran vírgenes, por supuesto. Y claro, muchos pololos se acostaban con sus pololas. Sin embargo, eso se mantenía en la penumbra. Primaba el disimulo y se conservaban las formas. "La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud", escribió La Rochefoucauld. Pero el ideal era que la mujer llegara virgen al matrimonio y muchas parejas lo intentaban y lograban. Se estimaba degradante no respetar la virginidad de alguien al que uno quería. Los noviazgos largos y con creciente privacidad e intimidad permitían un erotismo de graduales conquistas sectoriales. Toda exploración y avance encontraba pronto una nueva valla que habría que superar. La frontera se desplazaba, pero no desaparecía.
Este estado de cosas intensificaba el erotismo en la misma medida en que lo frustraba. Si Bataille tiene razón y el erotismo se nutre de la transgresión, ese mundo de contenciones que se iban sobrepasando era de un erotismo poderoso y sutil. Había sublimación, claro, y asimismo, belleza. Pero por otra parte, era un caldo de cultivo de represiones y temores enervantes, proclive a la neurosis, el engaño, la manipulación, la hipocresía y la falta de naturalidad. Los hombres vivían muchas veces escindidos entre las putas y las puras. Las mujeres a menudo castigaban sus deseos. El artilugio que hacía posible este ritual de inhibiciones y cargas eróticas soterradas era el tabú de la virginidad.
Las mujeres de entonces (no los hombres) sentían que su deber era proteger ese velo hasta la primera noche de la luna de miel. Desde luego, esto creaba presión para adelantar el matrimonio. Era un ideal arduo, que exigía un comportamiento cauteloso y precavido. La familia y las amistades cultivaban todo un conjunto de prácticas que correspondían a la vieja máxima "entre santa y santo, pared de cal y canto". Por ejemplo, se recomendaba a las adolescentes no tomar o tomar apenas en presencia de hombres jóvenes. En la disco, entonces, o en cualquier reunión social tomaban alcohol los hombres y las mujeres nada o casi nada. Por cierto, había excepciones, grupos e individuos que omitían la regla, pero eran eso, excepciones. Estas pequeñas minorías o estaban muy conectadas a modas y corrientes intelectuales extranjeras o a movimientos antiburgueses compuestos por burgueses. Y siempre hubo mujeres más fáciles y, claro, rameras, pero en cierto modo formaban una categoría aparte que -como aparece en la novela Sobre héroes y tumbas, de Sabato- contribuía a proteger la virginidad de las demás. En general, si un muchacho quería conquistar a una joven tenía, entonces, que estar más o menos sobrio, pues ella casi con seguridad no estaría ni borracha ni drogada. La vida social entre adolescentes y jóvenes se desenvolvía en un ambiente de contención que buscaba proteger la virginidad de la mujer. Restricciones como estas -salvo en minorías selectas y muy conservadoras que todavía se mantienen al margen del fenómeno que describo- han desaparecido.
La píldora anticonceptiva se comercializó en Estados Unidos en 1960 y llegó a Chile dos años después. Se vendía sin receta. En 1967 se decretó su distribución gratuita en consultorios. Su impacto -creo que inevitable- en las costumbres de los jóvenes solteros fue gradual y llegó con cierta tardanza. El cambio en las costumbres sexuales de los adolescentes de países europeos y de Norteamérica de los años 60, que en Chile se conoció y se imitó por algunos grupos, no parece haberse generalizado sino con décadas de rezago. Esta mutación ética se difunde después de que ha arraigado en la sociedad con particular fuerza el valor de lo espontáneo, de la autoexpresión y de la libertad para escoger la propia vida. (La creciente aceptación del homosexualismo es consecuencia del mismo fenómeno). El proceso fue potenciado por la libertad de expresión que trajo la democracia y el incremento del ingreso de la población.
No es fácil ponerle una fecha a este cambio. Una ginecóloga me decía que el cambio ella lo notó en su consulta por ahí por 1995: muchachas solteras empezaban a pedirme pastillas. Mi padre, por esos años, me comentó con ironía a la salida de una fiesta de matrimonio: "¿Te has fijado que desde hace un tiempo a esta parte los novios se van quedando en la fiesta y no tienen ningún apuro por irse al hotel?".
Los datos disponibles indican que en 1994, el 58,8% de los mujeres entre 15 y 29 años había tenido relaciones sexuales. En cambio, ese número subía al 73,6% en el caso de los hombres. El 2009, ese porcentaje era del 75% entre las mujeres y 76,2% entre los hombres (Encuesta Nacional de Juventud). Vale decir, ya no hay diferencias. Entre adolescentes de 15 a 18 años, las diferencias entre hombres y mujeres en materia de iniciación sexual se han acortado significativamente. Más de la mitad de los jóvenes chilenos no está de acuerdo con sus padres en materias de sexualidad y relaciones de pareja. Otra señal de que ha habido una ruptura en las costumbres. (¿O sería siempre así?). Y el matrimonio, naturalmente, se ha postergado. En 1980, las mujeres se casaban de 23,8 años y el 2008 la edad promedio era 30.
Este mundo de jóvenes que se mantienen solteros y sexualmente activos, sean hétero u homosexuales hasta los 30 y algo más, configura en Chile una realidad nueva, liberadora, pero a su vez, problemática. En los jóvenes se concentra el grueso del consumo excesivo de alcohol y de drogas, el desempleo más severo, así como las denuncias y detenciones por robos violentos.
Es una edad de grandes aspiraciones en todos los planos y de feroces frustraciones. Es un tiempo de alturas y caídas súbitas. Hay, por cierto, muchas parejas que viven ahora su amor con libertad, alegría, hondura y autenticidad inéditos. No he conocido a nadie que haya probado este estado de cosas y quisiera volver atrás. Pero, por otro lado, la noche de fiesta y juerga e incluso, la junta previa exploran a fondo el gozo de la vida pero, a la vez, juegan en zonas de peligro. (La violencia, la adicción, el embarazo no buscado, una sexualidad expuesta al sida).
La noche de carrete con mucho alcohol y con frecuencia droga y ojalá sexo se concibe por muchos hombres y mujeres como una suerte de carnaval. Los romanos durante sus fiestas saturnales volvían transitoriamente a la edad de oro. Es un tiempo suspendido durante el cual no rigen las prohibiciones típicas de toda civilización, que regula el sexo, por ejemplo. En el carnaval no hay división entre actores y espectadores, todos son actores y todos son espectadores. Es una incandescencia.
Por eso, Andrea a la mañana siguiente quisiera no haberle dado a su mino el número del celular y, al mismo tiempo, siente "una penita aquí adentro". Lo ocurrido queda encapsulado. Se lo vive para que no dure. La nueva libertad conlleva una nueva barrera, un nuevo tabú. Lo que pasó entre nosotros fue un destello. No trates de que vuelva a pasar. Quizás yo no era yo ni tú eras tú cuando pasó lo que pasó. El trago y las drogas eran máscaras. No exploraciones que buscaban "abrir las puertas de la percepción" como proponían los jóvenes de los años 60, invocando a Blake y a Huxley. Por la mañana hay que cerrar el paréntesis y eso puede doler. Es la ética de lo efímero que impone su propia disciplina. Durante el carrete la vida es juego y risa y desborde, pero se trata de un estado provisorio y enmascarado. Lo carnavalesco es siempre una interrupción.
* Agradezco la colaboración de Loreto Cox, investigadora del CEP. Por cierto, sólo yo soy responsable de lo que aquí se dice.
La historia está cargada de protagonistas anónimos y testimonios que jamás se publican. En esta edición especial presentamos 10 hechos con 10 actores en primera persona. El mito de Piedra Roja, las contradicciones de la reforma agraria, la primera Teletón y los símbolos detrás del recital de Amnistía Internacional en Santiago, entre otros.
Textos Carla Mandiola y Fernando Pérez G.
Yo vivía con mis padres en una casa de madera que crujía bastante, pero en esa época no me asustaban los temblores. El 22 de mayo de 1960 fue domingo, y gracias a eso puedo contar la historia del terremoto. A las 15.15 empezó a temblar. Salí al patio y traté de mantenerme en pie, pero me caí tres veces. El ruido era ensordecedor, caían muros, estallaban vidrios. La mayor parte del terremoto mi padre la pasó dentro de la casa buscando a mi madre y a una hermana, que habían salido al otro patio. No había electricidad ni agua potable. El problema de los servicios era muy serio, ya que la reposición se demoró bastante, por la rotura de las cañerías. Valdivia quedó aislada por tierra, los puentes estaban muy dañados y el puerto quedó destruido por completo. Sólo había acceso por aire y la única pista de aterrizaje habilitada era de dimensiones reducidas. El Hospital Regional quedó inutilizable. Si bien no se vino abajo, hubo mucho daño en muros, escaleras y pisos, por lo que fue necesario trasladar a los enfermos a un colegio nuevo que llevaba poco tiempo funcionando.
La ciudad quedó al mando del Regimiento Caupolicán y con toque de queda. En ese tiempo no había sistemas de radiocomunicación eficientes, por lo que las patrullas se comunicaban en la noche con disparos al aire, lo que creó bastante angustia en la población. Con ello, todo el mundo se quedaba en casa.
Yo tenía 15 años. En ese tiempo existían los 'abonos' en el Estadio Nacional, así se les llamaba a los asientos numerados. Yo tuve abonos para todos los partidos jugados ahí. Me tocó ver el puñetazo que Leonel Sánchez le pegó a un italiano. Recuerdo que no lo expulsaron, porque creo que no existían las tarjetas rojas todavía. Leonel era un ídolo para mí y para mucha gente, quizá tanto como el Coto Contreras. De los extranjeros, el arquero checoslovaco Viliam Schrojf era extraordinario y siento que dejó una huella entre la gente.
Mi asiento estaba detrás del arco, debajo del tablero marcador, por lo que no tenía muy buena vista de la cancha. Siempre fui solo al estadio, porque a mi padre nunca le gustó el fútbol. Vivía a media cuadra del Nacional, así que no tenía problemas para ir a todos los partidos. Lo más significativo fue que, junto al Mundial, llegó la televisión a Chile. A los dos o tres meses de finalizada la Copa del Mundo, mi padre se compró un televisor.
No había tanta euforia por la Selección en esa época. Ahora la gente se vuelve loca, pelea. Antes nadie se sacaba la camisa, no había esas barras que hay ahora. La gran diferencia entre el Mundial del 62 y los de ahora es que esos duraban 15 días. El de ahora dura un mes.
Yo tenía 17 años cuando fue Piedra Roja. Y las cosas eran distintas en ese tiempo. En el 69 aparecieron las primeras muestras de marihuana, pero para muchos chilenos la droga era un sacrilegio, algo muy malo y, por supuesto, ilegal. En esa época comienza el hippismo, y algunos privilegiados viajaban fuera del país. De uno de esos viajes, alguien llegó hablando de Woodstock, de la mística del evento y cómo había pegado en EE.UU. Así comienza a tomar forma la idea de Piedra Roja, un festival que fue su homenaje chileno. El evento fue gratis, no tuvo auspiciadores y fueron alrededor de mil personas. No más. Ahora todos dicen que sí asistieron, pero no es verdad, porque se creó un mito con el evento, gracias al libro de Enrique Lafourcade Palomita Blanca. Lo que él hizo fue poner en una licuadora todas las alarmistas noticias de esa época y crear una imagen que no fue real sobre Piedra Roja. Mito que dura hasta hoy. El prometido festival nunca fue tal, no sonaron las bandas, había sólo un enchufe para todos los equipos y cualquiera se podía parar en el escenario, que era básicamente una tarima. Pero nada de eso importaba realmente, porque queríamos homenajear a Woodstock, ser hippies, buscábamos la paz, pensábamos que el mundo iba a cambiar y las cosas serían mejor. Eramos súper inocentes.
Me llamaron del instituto de rehabilitación, porque Don Francisco me quería entrevistar. Sabía que él estaba en una campaña recaudando fondos para la primera Teletón. Llegué a Canal 13 y en pocos minutos estaba sentado en el estudio de Sábados Gigantes, respondiendo preguntas del animador. Yo tenía nueve años, era pequeño, delgado e impulsivo. No tenía claro cuál era mi rol en la campaña, pero me sentía feliz y privilegiado de estar ahí.
Tuve una segunda entrevista, la que fue más especial, porque se realizó en el Teatro Casino Las Vegas, hoy Teatro Teletón. Era muy fuerte la energía en el ambiente: Chile estaba inmerso en un contexto político y social polarizado; este evento solidario era la plataforma para unirnos como país.
Eso quedó reflejado esas 24 horas y en el momento es que se entregó el último y exitoso cómputo. Don Francisco, emocionado e intenso, transmitía el milagro de haber logrado esa simbólica meta. Yo estaba en el teatro con mis padres.
Cuando la transmisión iba a terminar, alguien me subió al escenario y quedé parado frente a Don Francisco. El ambiente era muy intenso y emotivo, una catarsis colectiva. Recuerdo que el animador estaba de espaldas, me acerqué inseguro. Me miró, se encuclilló y lloró. Fue una sensación tan fuerte para mí que lloré. Experimentamos el impacto de estar frente a la realización de un sueño.
Ese día llegué temprano al Banco del Estado, en el centro de Santiago, como a las 7.45. A esa hora ya había carabineros cortando el tránsito. Eran los primeros indicios de que algo estaba pasando. No había micros y casi ningún auto. Entramos a trabajar, pero los jefes nos hicieron evacuar de inmediato. Nos dijeron que los militares se iban a tomar el poder.
Por la Alameda ya se veían los militares, grupos bien numerosos, con un distintivo naranja en el cuello. En el auto de un conocido llegué hasta el Paradero 6 de Gran Avenida. Como no había locomoción, empecé a caminar a pie hacia Vicuña Mackenna y pasé a buscar a mis hijos al colegio. Cuando llegamos a Vicuña Mackenna, había militares disparándole a un edificio. Así que pesqué a mis cabros chicos y nos subimos a un auto cualquiera, era la única manera de salir. El conductor nos dejó en Departamental. En ese momento vi pasar los Hawker Hunter en un vuelo súper rasante, un poquito más arriba de los postes. Recuerdo que levantaron una gran polvareda e hicieron que la mayoría de la gente en la calle entrara en pánico.
Cuando iba como en el Paradero 11 de Vicuña Mackenna, volvieron a pasar los aviones. Estaban bombardeando la Radio Corporación, de lo que me enteré cuando llegué a casa. A los tres días volví al banco. Aún se podían ver partes de La Moneda en llamas.
Para el plebiscito de 1988 yo era parte de la tercera junta electoral: Recoleta completo hasta Huechuraba. Abarcamos muchos colegios, y éramos el nexo entre la junta electoral y los delegados de cada institución. Nos encargábamos de las dudas, de ver el funcionamiento de las mesas y recolectar votos, entre otras cosas.
Sin importar tu tendencia política, tenías que mostrar una neutralidad absoluta al trabajar.
El proceso electoral fue impecable, la gente trabajaba a conciencia absoluta. Las votaciones comenzaron a las 7 de la mañana, pero a la una de la tarde teníamos claro que había ganado el No.
Horas después, en la televisión, el subsecretario del Interior, Alberto Cardemil, dijo que el Sí iba ganando.
Esa noche fue bien complicada. Había peleas, teníamos que pasar entre las marchas y lo único que nos salvó fue que les dije a los que protestaban que teníamos con nosotros muchos votos. Si no fuese por eso, quizá no nos hubieran dejado pasar y la historia sería otra.
Después de los resultados, había caravanas de gente caminando hacia el centro y no se veían carabineros en las calles. Todos estaban contentos, esperanzados. Se sentía en el ambiente algo distinto, la gente estaba realmente contenta. Eso de que "la alegría ya viene" se sentía de verdad. Ya no eran sólo palabras, era un hecho.
Como seguidor de los concursos de belleza, ese día esperaba con muchas ansias el Miss Universo. En esos años la transmisión era en vivo y en directo y fue uno de los eventos más vistos en la televisión chilena. El cable estaba recién entrando a Chile, era la TV abierta la reina.
El televisor de la pensión en donde yo vivía se echó a perder ese día, así que fui a la casa de un amigo a ver el concurso. Lo vimos en su living, junto a toda su familia.
La ansiedad era muy grande. El animador, Bob Barker, entrevistó a Cecilia Bolocco luego que pasó la primera ronda. Pensamos que todo saldría mal, él tenía fama de antipático y demostraba poca simpatía por las candidatas chilenas. Quizás eso era un mito; no podíamos creer que la entrevista fuese tan espectacular, ver a Cecilia con desplante, aplomo y tanta seguridad.
Quedaban dos competencias más, la de traje de baño y el desfile en traje de noche. Todos los que estábamos reunidos éramos un atado de nervios. Cecilia Bolocco ganó ambas. Ella se veía como una reina, pero aún quedaba mucho.
Al final, sólo quedaron Miss Italia y la Cecilia. Y vino el anuncio de la ganadora: Miss Chile.
No creíamos lo que veíamos en el televisor. Gritos, aplausos, abrazos entre los que estábamos viendo el programa. Chile entero festejando por la Bolocco. La mujer más bella del planeta era chilena, y tan sólo tenía 22 años.
Al día siguiente, completamente trasnochado, me compré todos los diarios. Estaba muy feliz.
El año 2006 fue uno de los más intensos de mi vida. Estaba en cuarto medio y era parte activa de la llamada Revolución de los Pingüinos. Venía trabajando, desde el año anterior, en reuniones con funcionarios del Ministerio de Educación. Mi colegio estaba en toma y yo pasaba el día entero en reuniones. Primero con Alejandro Traverso, en la Seremi de Educación, y luego con el ministro Martín Zilic, en la Biblioteca Nacional y el ex Congreso. Cuando lo recuerdo me cuesta creerlo. Una cabra chica de 17 años estaba frente a ministros, diciéndoles cómo se tenían que hacer las cosas. No hubo reunión en la que no hablara. Creía que por la suerte de estar en ese lugar tenía la responsabilidad de luchar con todas mis energías en pro de la educación chilena. Mis compañeros de curso, de los más activos en la toma de mi colegio, me cuidaban mucho. Como yo pasaba en reuniones, asambleas y marchas, se preocupaban de ir a dejarme a la micro o al Metro, me hacían colaciones y me obligaban a dormir. Fueron días súper lindos, donde el compañerismo y amistad lograban que jornadas, a veces muy agotadoras, fueran las más agradables. A pesar de lo poco que se logró en términos concretos, porque aún rechazamos la LGE, creo que el movimiento de 2006 logró unir a jóvenes de diferentes estratos socioeconómicos por una misma causa.
Los de la Jota vendían entradas falsificadas. Creo que fue con una de esas que entré a la cancha del Estadio Nacional. A las 16 horas ya estaba todo prácticamente repleto. Fue una de las repetidas veces -en esos años- en que el estadio se colmó de banderas, lienzos, gritos y gente que, se suponía, estábamos en la misma onda. Era un momento especial: creer en lo que estaba sucediendo y no saber aún si creer en lo que vendría. A los 15 años, siendo de estatura nada sobresaliente, cuesta ver el escenario entre tanto cuerpo humano, por lo que cada vez que mis gemelos sufrían de estar en puntas de pies no quedaba otra que mirar alrededor y fijarse en los rostros, los gestos, los extraños pasos de baile de la gente que había ido al recital.
Hoy creo que todos a aquellos que miré, no solo bailaban con Inti-Illimani o Rubén Blades, sino que más bien disfrutaban de un recital que representaba la vuelta a la democracia. Pero al mismo tiempo, era duro estar ahí: los nombres de los detenidos desaparecidos y ejecutados políticos no dejaban de aparecer en pantallas que habían sido colocadas en el estadio. Salí de allí, ya de noche, pensando en mi padre y en la fortuna de tenerlo conmigo. Ese fue mi día en Amnesty International, de bailar ni hablar: nunca he sido muy bueno llevando el ritmo.
Probablemente ha sido el acontecimiento más emblemático de la historia deportiva del país. El tercer lugar obtenido por Chile en la Copa del Mundo de 1962 es hasta el día de hoy un éxito que jamás ha vuelto a repetirse. Fueron 15 días -del 30 de mayo al 17 de junio- que quedaron registrados en la memoria colectiva, tanto de la generación que vivió el torneo, como en las posteriores. Y no sólo por la posición que Chile alcanzó entre los equipos que lograron llegar a la clasificación. Incluso, hoy en día, elMundial del 62 es calificado como una gesta histórica, la que queda resumida en la épica frase que profirió su organizador, Carlos Dittborn: “Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo”. Eslogan que es desmentido en el libro de Daniel Matamala“1962, el mito delMundial chileno”, quien, además, asegura que “fue el peorMundial de la historia”. Pero, también, esa Copa del Mundo es recordada por el golpe que le dio Leonel Sánchez a un defensa italiano, por el único gol olímpico que se ha marcado en este tipo de instancias. También fue un Mundial que quedó en lamemoria por la actuación de Pelé, quien se lesionó en el segundo partido y no volvió a jugar durante el campeonato. Sin embargo, Brasil logró hacerse del campeonato frente a la oncena de Yugoslavia. Atrás quedaban los esfuerzos hechos por Chile para llegar a ser sede de la Copa del Mundo, cosa que sólo se pudo concretar luego de que Alemania Federal y Argentina retiraran sus respectivas candidaturas. Cinco décadas después, el país nunca más ha logrado repetir lo conseguido en 1962.
A mediados de los 50, las calles vecinales, casi vacías de autos y cuando mucho con uno que otro micro con gente colgando en la pisadera, se convertían, luego de las clases, en pistas de monopatines y canchas para las pichangas. No había psicopatía con el delito. Pocos y "a lo amigo".
Muy a mi pesar, soy santiaguino por donde se me mire; nací el 49, un año antes que La Tercera, en una ahora desaparecida clínica -la "Tarnier"- situada en Alonso Ovalle, pasé el primer año de infancia en una casa en Gran Avenida, luego en un minúsculo departamento en calle Guayaquil, a dos cuadras del Santa Lucía, después en Bandera, a dos cuadras de "La Piojera", y luego ya de adulto, en sucesivos domicilios en Ñuñoa hasta el día de hoy, a dos cuadras del Instituto Cultural y sus desvaídas esculturas de cemento. La ciudad de mi preferencia, de lejos, es Valparaíso, pero Santiago, ya se ve, ha sido mi destino.
¿Cómo era Santiago en los 50? ¿Y luego en los 60? Y así, en sus distintas fases?
De eso trata, hasta donde se pueda, esta crónica.
A mediados de los 50, Santiago ostentaba un cielo azul purísimo, sin ni una gota de esmog. El fenómeno no existía y tampoco se conocía la palabra, pero el San Cristóbal era un peladero y el servicio de basura consistía en unos fulanos tirando al suelo una lona encerada donde los vecinos echaban sus porquerías. Y luego partían en un carretón. El ritmo urbano era pueblerino: el repartidor de leche dejaba las botellas de vidrio en la puerta de las casas y la panadería San Camilo transportaba sus canastas de marraquetas en coches arrastrados por caballos. El hielo llegaba a los restoranes y fuentes de soda en grandes lingotes translúcidos. Muy temprano lo traían en camiones y unos tipos corpulentos, con un saco al hombro para ponerlo allí y un gancho de hierro para sujetarlo, los bajaban y dejaban frente a la cortina metálica, licuándose lentamente, a la espera de que el local abriera.
¿Qué familia tenía refrigerador? Sólo las inmensamente ricas. No había televisión y tampoco mucha higiene. Un baño de tina a la semana y una lavada de pelo a la quincena eran el estándar. Las calles vecinales, casi vacías de autos y cuando mucho con uno que otro micro con gente colgando de la pisadera, se convertían, luego de las clases, en pistas para los monopatines y canchas para las pichangas. No había psicopatía con el delito. Pocos y " a lo amigo". Cuando corría la sangre era por la típica pelea de curados. Las "patines" locales y los pacos de la esquina convivían en armonía. Las fiestas de adolescentes empezaban a las cinco de la tarde y terminaban a las nueve. Todo era así, tranquilo, lánguido y previsible. Santiago dormía a todo trapo ya a las 11 de la noche.
Supongo que las cosas se animaron un poco con los hippies y los Beatles. Hippies de utilería, eso sí, un puñado de 100 ó 200 niñitos bien, juntándose los sábados en la mañana, en Providencia, frente al "Copelia" y la disquería "Barnaby Street". Ya había tele con seriales de forajidos del Oeste, de hospitales ("doctor Beckam, se le necesita en cirugía…"), de gánsteres y de alienígenas. Apareció el esmog, pero sólo sobre el centro. Construyeron las Torres de Tajamar. Se hablaba del "hombre nuevo", que supuestamente se forjaba en Cuba. Providencia crecía en edificaciones y para la Pascua, el centro de la ciudad se llenaba de guirnaldas. El centro era todavía el gran sitio de encuentro, casi el único lugar con edificios de 10 ó 12 pisos, el corazón de la ciudad. Repleto de cines, muchos de lujo, los mejores de Sudamérica, estaban organizados en funciones numeradas, a las que la gente asistía de cuello y corbata. Para el cabrerío y la chusma estaban los rotativos, dando tres y hasta cuatro películas en medio de un chivateo descomunal.
Mala época para Santiago, esos horribles 70. Primero, con sus calles convertidas en campo de batalla entre allendistas y la oposición, miristas y muchachones de Patria y Libertad. Entre el 71 y el 73, en especial en el centro, reinaron el linchaco, el cóctel molotov, los gases lacrimógenos, los rayados, las amenazas, las tanquetas y los balazos. Colas por todas partes para conseguir pescados rusos casi incomibles. Carteles colgando con la frase "no hay". Y luego del golpe, ominosas parejas de carabineros con las "Karl Gustav" en bandolera, toque de queda, La Moneda en escombros, disparos nocturnos, el Nacional lleno de gente, más tarde los del POJH barriendo hojas en las plazas y flotando sobre todo eso, como corona de espinas de tanta miseria, un esmog denso, ácido, el peor que la ciudad ha conocido. Santiago nunca fue más feo, inhóspito, repelente y gris que en los 70.
En los 80, Santiago creció en banalidad y parque automotor. Lo del "cómprate un auto, Perico" tuvo su maligno efecto. Los pericos se endeudaron y los compraron y las calles se llenaron de Datsun, de Fiat 147, de Chevrolet anchos como camas de dos plazas y motos que llevaron a cientos de muchachos a la morgue. Fue la época de los "caracoles", uno de los más absurdos inventos arquitectónicos de la historia humana, hoy convertidos en refugios de hileras de peluquerías y tiendas donde venden poleras para rockeros heavy metal y videos triple X. Aparecieron los edificios tipo "lustrín", los cafés con piernas, donde cimbraban sus temblorosos neumáticos mujeres de 35 años para arriba, y los colmenares de putas, donde cada departamento ofrecía servicios de "zurcido". Los cines decentes comenzaron a desaparecer. Todos se convirtieron en rotativos llenos de gente de sobaco húmedo y echada en las butacas como vacas en el prado. La construcción de las líneas del Metro rajaba la ciudad aquí y allá. Primeras víctimas: los árboles, plazas, áreas verdes. Una porquería de ciudad.
La pomada mejoró en los 90, con el cambio de régimen y el aire de libertad que eso trajo, sin que el esmog se fuera todavía, aunque la llegada del gas argentino y la sustitución masiva de calderas y hornos de tecnología diésel hizo milagros. Empezamos a respirar. Mientras tanto, Santiago vio -y sigue viendo- un auge constructivo impresionante y destrucciones colosales. Barrios de bellas casas con maduros jardines fueron sustituidos por cientos de edificios de 20 pisos, sin otra área verde que una maceta con una planta de plástico juntando polvo en el lobby. Basta un mes o dos sin visitar un barrio y de vuelta apenas se lo reconoce. A menudo las nuevas construcciones, de mediocre factura, son semillas de problemas no muy lejanos; se deteriorarán muy rápido y terminarán convertidas en bodegas y en panales de departamentos en arriendo para encuentros furtivos. Calles y avenidas repletas de autos producen congestiones enfermantes. Entran al sistema vial siete a ocho mil vehículos nuevos al mes. Por otro lado, hay más árboles, más parques y se planean algunos adicionales. Parece incluso que habrá un Mapocho si no navegable, al menos decente. Barrios letárgicos se han llenado de restoranes y pequeños teatros rupturistas donde, como decía Lafourcade, "tipos encaramados en zancos agitan cortes de género". Aunque todavía no muchos, hay más sitios de entretención. La ciudad se ha hecho más diversa, algo más amable -pese a la plaga automotriz-, más cosmopolita y menos aburrida. Aún así, los extranjeros se quejan: le falta el ritmo de vida de Buenos Aires, dicen. Menos mal. ¿Acaso no queremos dormir en paz?
Soy optimista. Santiago no podría empeorar. Veo en 10 años una ciudad más verde, ordenada, limpia y civilizada que hoy, tal como la de hoy es muy superior a la de los 70. Como el país entero, Santiago avanza, aunque sea a tropezones.
Lo más importante que ha ocurrido en estos últimos 50 años es que enfrentamos cuatro problemas básicos y disponemos de cuatro recursos fundamentales para resolverlos.
¿Que cómo ha cambiado Santiago en los últimos 60 años?... ¿Cuál de los dos? Porque no se trata de un alcance de nombres, sino de dos "Santiagos" muy distintos uno del otro. Uno ha caminado bastante bien; el otro, cojea y se queda atrás. Sistemáticamente.
Retrocedamos un momento para ver cómo era la cosa en 1950. Hace 60 años, Santiago tenía 15.000 hectáreas; hoy tiene más de 70.000. Obviamente, hubo más gente que acomodar; pasamos de 1,5 millón a casi seis millones de habitantes, de tener un 24% de la población de Chile a concentrar casi 40% de ella (ha sido en parte gracias a esta masa crítica alcanzada que nuestro país, pequeño y distante, ha logrado ser competitivo a nivel global). Pero Santiago creció también, dicen algunos connotados expertos, porque a mayor ingreso, aumenta la necesidad de espacio (y la capacidad y disposición a pagar por él). Por tanto, uno de los "Santiagos" no sólo tenía más gente, sino gente con necesidad de mejores estándares urbanos. El problema es que para tener más espacio, había que ir más lejos. Por tanto, uno de los "Santiagos" se tuvo que comprar auto para llegar a esos lugares más espaciosos; entre 1991 y el 2001 los viajes motorizados hechos en auto pasaron de menos de 20% a más de un 40%. Ese Santiago más rico necesitó autopistas, las cuales, pago mediante, permitían compensar con velocidad la mayor distancia que se debía recorrer. Gracias a ellas podemos hoy, por ejemplo, ir en 15 minutos al aeropuerto, viaje que hace 10 años demoraba casi una hora.
Pero se olvidan los expertos de que, dado que Santiago es muy desigual, para la mayoría de los santiaguinos la lejanía no es sinónimo de buscar más espacio, sino suelo más barato. Las viviendas con algún tipo de subsidio (más del 60%) reducen costos de dos maneras: comprando suelos baratos, es decir, lejos, y haciendo menos metros cuadrados. El otro Santiago, entonces, se achicó y se alejó. La gente de ese otro Santiago, no se compró auto para compensar la mayor distancia; siguió subiéndose a la misma micro de siempre, fuera ésta ETC del E, Amarilla o del Transantiago. Esa gente pagó con tiempo el crecimiento de la ciudad.
En cualquier caso, es un hecho que uno y otro Santiago empezaron a quedar cada vez más lejos y debieron gastar más tiempo, dinero y energía en moverse. ¿Moverse hacia dónde? Hacia donde había algo que hacer: trabajar, estudiar, tramitar o divertirse. Hace 60 años, en Santiago todo estaba más o menos cerca y todo estaba más o menos mezclado. Pero con el paso del tiempo, el Santiago que buscaba más espacio, empezó a arrastrar servicios y equipamiento consigo hacia el oriente. La presión por querer estar todos donde mismo se tradujo en que ese Santiago creció en altura. El otro, el que a la gente "le tocaba" y donde prácticamente sólo se dormía, se quedó bajo y cada vez más lejos de donde había trabajos, estudios, servicios y recreación de calidad.
La mayor parte de este cambio de Santiago se produjo bajo la distraída mirada del mercado y de las políticas públicas 1.0, que respectivamente no tenían ninguna capacidad de velar por el bien común (sino sólo por el beneficio individual) ni por la calidad de la ciudad (sino sólo por la cantidad). Así, la falta de ñeque y de eficiencia para definir la forma urbana, les empeoró el aire a los dos "Santiagos", sin distinción. La nube de justificaciones, incluso las mejoras que ha habido, sólo pueden autocomplacer a los mediocres.
¿Qué se puede hacer entonces para corregir la desigualdad y limpiar, de una vez por todas, un aire que es un peligro y una vergüenza? Obviamente, muchas cosas, pero tomemos sólo el ejemplo de la reciente discusión sobre si es conveniente o no aumentar el límite urbano. El argumento estrella es que el crecimiento va a ser condicionado, es decir, se va a exigir un cierto porcentaje de vivienda social en cada desarrollo inmobiliario. Lamentablemente, el mercado y la política pública equivocan el punto. Mezclar distintos tipos de vivienda no resuelve nada, porque una ciudad es una concentración de oportunidades y no una acumulación de casas, aunque sean de distintos estratos. En lugar de discutir sobre "tamaño y densidad" (cantidad de habitantes por hectárea), en el mundo se está discutiendo de "intensidad" urbana (cantidad de trabajos y servicios por vivienda por hectárea). Una ciudad "intensa", independiente de lo extensa que sea, integra ricos y pobres, minimiza viajes, puede reducir contaminación, nivela la cancha. En todo caso, antes que un nuevo plano regulador, debiéramos tener la visión de cómo queremos que sea Santiago; antes de discutir cómo implementar algo, tenemos que saber qué queremos implementar, de lo contrario, estamos poniendo los bueyes delante de la carreta.
Si como proyecto bicentenario nos propusiéramos tener un respirable en vez de un rio navegable, estaríamos activando el mayor capital de nuestra capital: su clima. Un clima privilegiado como el de Santiago permite echar mano al espacio público como atajo hacia la equidad, quizás el elemento urbano más eficiente para mejorar la calidad de vida sin tocar la distribución del ingreso.
Esta imagen rompió 17 días de
incertidumbre y malos
augurios. Y además, recorrió
el mundo y ganó portadas en
diarios como El Clarín y La
República. La tragedia que
enterró a 33mineros en la
mina San José en la III Región, a 700metros
de profundidad amenazó con desperfilar el
aniversario del Bicentenario.
Fueron 17 días en que se descubrieron
muchas cosas: las riesgosas condiciones de
trabajo de muchos mineros de medianas
empresas, la precaria fiscalización y un
ministro de Minería, como Laurence Golborne,
quien pasó del anonimato casi total
al interior del gabinete a figura pública y
mediática.
A pesar de los esfuerzos del gobierno y rescatistas,
las posibilidades de encontrarlos
con vida se reducían cada día y las sondas
no daban con el lugar exacto para lograr el
contacto con los mineros. Finalmente, el 22
de agosto, una frase salió a la superficie:
“Estamos bien en el refugio los 33”.
Aunque el rescate final tomará meses y
los mineros deberán sufrir el encierro y la
angustia del tiempo a 700 metros, la gran
historia del Bicentenario y su final se
comenzó a reescribir. El gobierno y el Presidente
Sebastián Piñera ganaban luego de
apostar por poner todos los recursos necesarios
para el rescate, ganaba la minería
del Norte, que no volverá a ser la misma y
ganaba el esfuerzo de 33 mineros que no se
rindieron, a pesar de todo.