Confieso que la televisión es algo que no me deja de sorprender. Hace dos años fui invitado al canal de noticias financieras Bloomberg y me hicieron una entrevista que nunca me hubiera imaginado. Era el periodista y el director de televisión, nadie más. El periodista preguntaba y el director de televisión manejaba las cámaras a distancia, armaba una escenografía virtual y se preocupaba del sonido y la iluminación. Nunca pensé que iba a presenciar esto, que una sola persona podría hacer toda la cantidad de cosas que involucra un set de televisión.
En los años en que ingresé a este medio, hace 50 años, uno trabajaba con varios camarógrafos, asistentes, un encargado de sonido, tramoyista y maquilladores. En Bloomberg no existía ni el maquillador, porque usaban un spray eléctrico que servía para opacar el rostro, algo que estoy implementando en mi programa. En los años 60 había al menos 10 ó 12 personas en el estudio. Luego de haber visto Bloomberg, me doy cuenta de que eso se acabó, que los costos de producción de televisión van a la baja dramáticamente, al menos, en términos de personal.
Ese pequeño detalle que yo viví hace dos años, me ha pasado muchas veces en mis 50 años de carrera en televisión. Este negocio es así, y ese es uno de sus encantos. Imagínense lo que fue la aparición del color, no sabíamos qué hacer. Nos dimos cuenta de que trabajábamos sólo con blanco y negro. Mi ropa, la escenografía, las cosas que aparecían en pantalla, todo era blanco y negro. Entrar al color fue un cambio mayor para los que estábamos en el medio, tuvimos que abrir la cabeza y empezar a aprovechar este nuevo elemento en la escenografía, el vestuario y las presentaciones.
Sin ir más lejos, me acuerdo cómo nos modificó la manera de hacer televisión esa cajita llamada control remoto que apareció a mediados de los años ochenta. Hasta antes de todo eso, la gente prendía la tele y se sentaba a ver el programa elegido hasta que se terminara. Eso se acabó con el control remoto, el público empezó a ver tres canales al mismo tiempo y eso implicó cambiar el contenido de los programas. La gente buscaba cosas más rápidas y efectistas, había que lograr cautivarla de inmediato, engancharla y mantenerla atrapada con el programa.
Toda la etapa previa a este cambio podría ser considerada la "época de oro" de la televisión, cuando el contenido estaba destinado a divertir a la familia, era de carácter ciudadano y las universidades podían embarcarse en sus proyectos formativos sin competir con miradas más comerciales. Eso se termina en Chile definitivamente en los 90, con la entrada de estaciones privadas y la llegada de una televisión más comercial. Con el satélite, por ejemplo, comenzamos a competir con programación internacional y obtuvimos muchas señales que ofrecen contenidos más baratos. La pantalla comenzó a tener estándares internacionales, con exponentes como el reality show, que llega a principios de esta década y afecta a las telenovelas, al ser mucho más baratos y no necesitar actores, comprar guiones. Paralelamente con esto, se va construyendo el submundo de la farándula de la televisión, comienzan las historias de desconocidos que se hacen conocidos y en torno a ellos se arman situaciones sociales que repercuten en los medios.
La verdad es que desde ese momento en que, a los 19 años, llegué a un hotel en Nueva York para estudiar diseño de ropa y me encontré con una radio Grunding, que tenía pantalla y emitía imágenes en 1959, las cosas han cambiado mucho. Lo único que no ha cambiado es mi fascinación por ella, recuerdo que ese día que la conocí, fue un amor a primera vista. Cómo habrá sido mi locura, que luego cuando a los 21 años regresé a Chile, me empeciné en entrar a trabajar a un canal, argumentando que había pasado dos años viendo televisión en los Estados Unidos. Confieso que desde esos días hasta hoy, me he equivocado muchas veces en mis pronósticos sobre el futuro del medio; sin embargo, me ha encantado participar de sus cambios. Ahora estoy transmitiendo mi programa de Estados Unidos por televisión abierta, cable, internet, Facebook, Youtube y Twitter. Sería una locura no participar de este nuevo fenómeno de las redes sociales. Es imposible agotarse o aburrirse de la televisión.
La manoseada "caja idiota" o aquella máquina que, según algunos, entrega "basura", fue capaz de mostrar una vez más su cara real en estos días. Los iluministas tuvieron sus minutos de silencio.
Dos hechos en los últimos seis meses pusieron a Chile frente a la televisión. Primero, el drama de un terremoto y luego, la profunda emoción de saber que los 32 mineros chilenos y uno boliviano estaban con vida, a 700 metros de profundidad, a pesar de encontrarse allí por 17 días. La manoseada "caja idiota" o aquella máquina que, según algunos, entrega "basura", fue capaz de mostrar una vez más su cara real en estos días. Los iluministas tuvieron sus minutos de silencio.
Ni caja - como si fuera un electrodoméstico- ni idiota ni basura. NO: la TV chilena es una industria que se nutre de profesionalismo, tecnología y creatividad, para impactar día a día con un mensaje que interactúa dialécticamente, como un verdadero diálogo, con el público.
Han sido décadas en que hemos estado presentes en los hogares de los chilenos para llevarles información, entretención, cultura, así como también, compañía y solidaridad. Hemos sabido adaptarnos tecnológica y socialmente. Somos el fenómeno de comunicación masiva más importante del país. Ofrecemos televisión de manera gratuita. Sólo nos desarrollamos y financiamos si es que somos capaces de constituirnos en un puente para que los avisadores expongan sus productos.
Cuando me solicitan que escriba de televisión en estos 60 años del diario La Tercera lo hago, honestamente, desde mi experiencia como hombre de televisión formado en TVN y Chilevisión.
CHV es un canal de señal abierta, que se define por tener una programación amplia, que busca -sin complejos- proponer los nuevos temas que emergen desde la misma sociedad, con formatos innovadores, buscando interpretar de la mejor manera su identidad, sus sueños y sus necesidades de información, entretención y compañía. No obstante los errores que podemos cometer en esta búsqueda, creo que hemos contribuido a la diversidad programática de nuestra industria, agregándole un perfil muy propio y una manera distinta de hacer las cosas. Privilegiamos una vinculación directa con las audiencias y no trabajamos para instituciones, ya sean el Estado, la Iglesia u otros. Tenemos valores, misión y visión propios. Trabajamos con total transparencia. Esto nos ha permitido crear una capacidad para desarrollar productos exitosos y así competir día a día con los mejores canales de Chile. En muchos horarios somos favoritos y, como un canal generalista, demostramos que nuestra vocación por ser masivos, abiertos, diversos, pluralistas e innovadores, no es un discurso vacío de contenidos. Hacemos una televisión con identidad, democrática y realista. Construimos, en definitiva, un medio de comunicación que busca permanentemente el mejor equilibrio entre oferta y demanda.
En esto estamos, cuando la industria de la televisión debe asumir nuevos cambios muy profundos. Desafíos tecnológicos, económicos y sociales nos invitan a tener una mirada atenta y flexible para acompañar esta inevitable transformación cultural, cuyos vientos se dejan sentir por todo el planeta. Se remecen hasta los cimientos las claves de este medio masivo, verdadero espejo social que, por lo mismo, se legitima en su capacidad de acompañar a las personas en la dura tarea de entender estos cambios. Hay un renacimiento de esta actividad que, a propósito de lo digital y lo tecnológico, se enfrenta al desafío de entregar más y mejor televisión desde plataformas donde las audiencias puedan acceder libremente a los contenidos, gratuitos y/o pagados. Es una revolución impulsada por un acelerador sociológico, en un vehículo tecnológico y que, si la sabiduría asiste a quienes se disponen a legislar y regular, tiene un futuro brillante y promisorio para constituirse en una contribución mayor a nuestro país.
Cuando La Tercera cumple 60 años, nosotros cumplimos medio siglo y estoy seguro de que cuando se publiquen estas líneas, ya Chilevisión tendrá un nuevo propietario o estará muy pronto a tenerlo, luego de un inédito proceso en la industria televisiva nacional, donde el valor de una marca como Chilevisión se ha multiplicado varias veces. La clave de este crecimiento de marca se explica, a mi juicio, en no tenerle miedo al cambio social, sino entenderlo desde una actitud abierta, tolerante y crítica. Saber en qué mundo estamos parados, ayudando a comprenderlo y, por qué no, a mejorarlo. Y, por cierto, celebrar la diversidad como base desde donde se construye este cambio.
Nos ha costado, como a La Tercera lo propio. Deseamos que para el diario, al menos, sean 60 años más y, para nosotros, alcancemos otros 50. Ojalá que cuando en cien años más se abran las cámaras del tiempo que se enterrarán este año en distintas partes de Chile, nuestros descendientes sean más informados, sean más felices y que el sol salga para todos. Es nuestro sueño, que de eso se trata lo que hacemos día a día: Te Ve de Verdad.
El 21 de agosto de 1959, la Universidad Católica de Chile inició oficialmente sus transmisiones públicas, todo esto, gracias a un trabajo desarrollado desde 1952 por ingenieros de la misma casa de estudios. Un día después, la Universidad Católica de Valparaíso comienza también sus transmisiones. Al año siguiente, la Universidad de Chile haría lo propio.
El nacimiento de la TV en Chile tuvo un modelo muy particular, más cercano al modelo de la BBC que al de las cadenas comerciales estadounidenses. Entre los años 1959 y 1962, la televisión fue prácticamente experimental.
Sin embargo, la década de los 90 generó cambios en la industria, que modificaron el mapa de la TV chilena, con nuevos actores y las universidades vendiendo sus señales. Proceso que culminó este año, con la venta del 67% de Canal 13.
Hoy, la TV es el medio de comunicación con mayor penetración en el mundo; 1.100 millones de hogares tienen un televisor en el planeta y las plataformas para consumirla se multiplicaron a través de las pantallas del PC, los smartphones y los tablets como el IPad.
Mientras, la TV abierta sufre el aumento de la diversificación de las pantallas. En EE.UU., los 20 programas más vistos durante la temporada 1979-80 marcaban 21,7 puntos. En cambio, entre 2009-10 apenas marcaron 11,3 puntos.
En alguna esquina entre la campaña del No y la Expo Sevilla hubo temores. Miedo a que ocurriera lo que en España después de Franco, pavor a un destape cultural, pero nada de eso sucedió. Nuestro país no tuvo su movida, tampoco su Almodóvar.
"El aire de la ciudad libera", decía un proverbio alemán de la Edad Media. La frase era repetida por el pueblo que escapaba del vasallaje rural con la esperanza de una mayor autonomía. Buscar un espacio y una voz propias y dejar atrás la servidumbre campesina. El siglo XX chileno tuvo versiones de ese intento de sacudirse de la propia Edad Media y asomarse a una modernidad propuesta por distintos proyectos políticos y, finalmente, impuesta por el mercado y el consumo. En 60 años, el tránsito del roto alzado y el funcionario obediente al anhelo del ciudadano informado y deliberante ha trascurrido por caminos sinuosos, baches y precipicios. Los efectos de la reforma agraria, del Concilio Vaticano II y del fallido proyecto socialista se confunden con los de la dictadura militar, la expansión de la educación superior y la entusiasta prosperidad de los 90. El resultado es un carácter ambiguo, en el que convive ese atavismo profundo de las jerarquías tradicionales -pijes, siúticos, rotos- con una ansiedad de igualdad espasmódica dependiente del humor de la autoridad y del precio del cobre. Los chilenos, los mismos pero algo distintos -ABC1, C2, C3, D-, asomados al mundo como nunca a través de múltiples pantallas compradas gracias a la masificación del crédito.
Un animador recuerda que cuando comenzó su programa a fines de los 60 hubo que enseñarle a la gente a aplaudir, a decir frente a la cámara lo que quería y lo que no y a demostrar alegría cada vez que ganaban un premio. Así lo siguió haciendo hasta los 80, cuando la televisión se masificó, el Estado se encogió y la gran mayoría de quienes asistían al programa eran cesantes abrumados en busca de suerte. La pantalla brindaba el punto de encuentro despojado de realidad, sustituto de lo que se había perdido con el toque de queda. También era la fantasía de otra cosa, de algo mejor: progresar. Para muchos chilenos, la prosperidad individual era y sigue siendo, un asunto que no tenía que ver tanto con la perseverancia del trabajo bien hecho como con la fortuna prometida en la Polla Gol o en la tómbola de un concurso de sábado en la tarde. La experiencia nos decía (nos dice) que quien nace pobre muere pobre. Las estadísticas también.
En alguna esquina entre la campaña del No y la Expo Sevilla hubo temores. Miedo a que ocurriera lo que en España después de Franco, pavor a un destape cultural, pero nada de eso sucedió. Nuestro país no tuvo su movida, tampoco su Almodóvar y tardaría mucho en tener su propia ley de divorcio, gracias a las advertencias desde el púlpito sobre los horrores de una crisis moral y el despeñadero al que nos llevaría. Por eso, las esperanzas contenidas se canalizaron por otras vías, a través del orgullo vicario por el empresariado local exitoso. Ese entusiasmo se hizo carne en el chileno trabajador devenido en aspiracional, que vio en el siete por ciento de crecimiento un logro propio y en los TLC una condecoración. El chileno, la chilena, entonces, miró los rankings económicos, los comparó con el de los vecinos y en eso confió. Y esperó hasta que en otra esquina reciente, entre la detención de Pinochet en Londres y la hecatombe del Transantiago, el entusiasmo dio paso al escepticismo. Se perdió el miedo, se instaló el desaliento.
Nuestra sociedad no es una de mensajes explícitos. Es una cultura de la entrelínea, de lo que se dice con el gesto. Nos conocemos tanto por tanto tiempo que pareciera no hacer falta completar las frases. Tú me entiendes. Por eso la oratoria se nos hace cuesta arriba. Allí donde educar es acatar, la opinión sólo será expresada cuando la rabia reviente o el miedo a las viejas jerarquías se diluya. Dicen que los chilenos sacaron la voz, que ya no son (no somos) una muchedumbre con necesidad de autoridad que nos diga la diferencia entre lo bueno y lo malo. Pero una cosa es que se haya instalado la cultura del servicio al cliente y la costumbre del gritoneo a los dependientes y otra la autonomía de quien exige el respeto de sus propios derechos frente a la autoridad. Quizás ambas cosas sean los síntomas o el ensayo del verdadero cambio, de un nuevo aire, distinto de la obediencia, diferente de la resignación, más cercano a una verdadera prosperidad.
Talento. Pero más que nada belleza, glamour, sensualidad y liberación sexual han marcado la historia de las mujeres más deseadas del planeta. Generaciones marcadas por el erotismo de Marilyn, las hijas del videoclip gracias a MTV y la fría perfección de las modelos modernas.
Talento. Pero más que nada belleza, simpatía, atractivo, glamour y carisma han marcado 60 años de musas. Mujeres célebres que han llenado de sueños e inspiración. Que han brillado desde el cine, la televisión y las páginas del papel cuché. Partiendo por los símbolos del erotismo de los años 50. Una francesa y otra estadounidense. Brigitte Bardot y Marilyn Monroe.
Marilyn. El símbolo sexual que dejó libre un trono que nadie ha vuelto a ocupar como ella. La mujer, de medidas para tener fantasías y que dormía con unas gotitas del perfume Chanel Número 5, no tuvo problemas en ser la primera portada de Playboy con un calendario en llamas. La que le cantó "feliz cumpleaños" al Presidente John Kennedy con un vestido que tuvo que ser cosido en su mismo cuerpo para que pudiera entrar, y fue calificada de "impura y vulgar" por Joan Crawford; otra diva de aquéllas. Aunque Marilyn, con ese brillo en sus ojos, sólo explicó que "no tengo nada de qué avergonzarme".
Y Bardot. La heredera. La que en Y Dios creó a la mujer se transformó en el llamado "sueño imposible de los hombres casados". Pero a su manera, la de una musa de Francia que partió paseándose por la Costa Azul con un bikini que para los 50 era de escándalo. Dijo que una mujer se podía permitir "tantos amores como latidos tuviera su corazón" y hasta ahora personifica lo que es hippie mezclado con chic.
Con los 60 llegó la sofisticación. La "beautiful people" al modo de una Jackie Kennedy, la Primera Dama de Estados Unidos que convirtió los salones de la Casa Blanca en una muestra de obras de arte y antigüedades. "Jackie", con sus vestidos de Givenchy, es un emblema de la elegancia y el charm hasta estos días. Mientras que al otro lado del Atlántico, la actriz Catherine Deneuvemarcaba las reglas del estilo tipo boutique, y Grace Kelly, con su lindura que hacía gala de perfección y distancia, vivía el sueño de una princesa e inauguraba la furia por la prensa rosa en Mónaco.
Pero los 60 tuvieron mujeres que fueron al combate. A buscar y pelear por el cambio. Como Jane Fonda. La activista que luchó contra el conflicto de Vietnam. La rubia defendió a morir los intereses de las minorías étnicas y feministas, con un planteamiento que era todo lo radical que se puede ser.
Una década después, las celebridades querían un respiro a tanta guerra y revolución. Y las reinas del llamado jet set, esa gente que almorzaba en Nueva York y a la mañana siguiente desayunaba en París, se pusieron a bailar onda disco y pasaban más horas en las discotecas que en sus casas. El Studio 54 de Nueva York, donde una luna que aspiraba cocaína dominaba la pista, fue el centro de la acción. Desde allí se conocía a Debbie Harry siendo Madonna antes que Madonna; a Cher en los mismos salones donde se sentaban Liza Minnelli o Yoko Ono; a Farrah Fawcett y Bianca Jagger, que para su cumpleaños entró a Studio 54 sobre un caballo blanco. Una de las imágenes consideradas "clásicas" de esos días de frivolidad.
Y en los 80 comenzaron las musas salidas del videoclip. La música entregaba a las princesas que llegaban a las masas a través de la recién estrenada cadena de música MTV. Pero junto con símbolos de la sensualidad, como Kim Basinger en Nueve semanas y media, o dueñas de la vida social de esos años de "yuppies" -como Ivanka Trump, esposa del magnate, Donald-, fue una cantante surgida de entre todas esas niñas de faldas estilo "pouf" la que provocó una revolución. Se abrevió el nombre a sólo Madonna y comenzó su camino por la fama a toda costa. Mientras en Chile, Raquel Argandoña, con sus cambios de peinado cada noche y sus romances con el cantante Manolo Otero y el corredor de autos Eliseo Salazar, y el triunfo de Cecilia Bolocco en el Miss Universo llevaron el concepto de "fama" más allá de Ana González o Malú Gatica y otras mujeres que antes imperaban con su talento.
Las actrices, las cantantes y toda diva que hablara fue dejada de lado con el imperio de las top models. Esas maniquís de otro mundo que dominaron la década de los 90. Con look de amazona. Silenciosas, pero gritando todo su glamour y belleza desde cada una de las portadas que existían. Desde los carteles de marcas de bebidas, de cremas, de perfumes. Estaba la morena Cindy Crawford. La rubia Claudia Schiffer. La "Venus de Ebano" Naomi Campbell. La desvalida Kate Moss. La "camaleónica" Linda Evangelista. Algunas estuvieron en Viva el Lunes y desaparecieron tal como llegaron, en silencio.
Hasta ahora. Cuando para tener fama sólo basta con entrar a un reality show. Grabar un video íntimo y beber todo el vokda que haya en una fiesta y cambiar la cartera Vuitton y el vestido Gucci cada noche. Y así, noche tras noche. Contar cada intimidad posible en Facebook o Twitter. Entrar a centros de rehabilitación cada vez que se puede. Tener problemas con el peso, con los padres, los "ex" o cualquiera que se cruce por delante y contar, contar y contar. Como Paris Hilton y Lindsay Lohan. Britney Spears y Lady Gaga. Algo que en los 2000 pareció fácil.
El mundo estaba en una suerte de transición. Había que olvidar la guerra a como diera lugar.
Qué tiempos los de la década del plástico y del american way of life. América resplandecía, tal como las cocinas "modernas" en las comedias de Doris Day y Rock Hudson. El mundo estaba en una suerte de transición. Había que olvidar la guerra a como diera lugar y por suerte el conflicto de Corea quedaba lejos. La Guerra Fría tenía una sola ventaja: ser fría.
Diez años antes del aullido hippie, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs ya estaban minando el american way of life con sus provocaciones y desafueros. En cada frase, en cada palabra, en cada letra de libros como En el camino, Aullido o El almuerzo desnudo resuenan los deseos de búsqueda y ruptura que patentó la Generación Beat. Al otro lado del charco, Alain Robbe-Grillet daba el puntapié inicial al nouveau roman, la novela objetiva o "vuelta hacia el objeto", y la academia fantaseaba hablando de la muerte de la ficción.
El cine era el gran canal de evasión, esparcimiento y fuga. Escapismo puro y duro. Los colores alegres, el candor de la historia y la magia de Disney convierten a La dama y el vagabundo en la película más vista de la década. Pero no era el único cine que se hacía por entonces. El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder, había inaugurado soberbiamente la década. Marlon Brando, Marilyn Monroe y James Dean llegaban a demostrar que nada era tan idílico, monolítico y feliz como parecía. En Francia, la década concluía con un grupo de jóvenes resueltos a romper con todo. La Nueva Ola y Los 400 Golpes preparaban al mundo para lo que vendría.
En Chile, Lucho Gatica arma las maletas y se va a México el 65, con la insólita misión de vender boleros en la tierra de los boleros. Y lo consigue: el rancagüino se convierte en la primera voz chilena de exportación, abriendo el camino para otros como Antonio Prieto y Sonia y Myriam.
Se escucha en Chile el primer aullido del rocanrol. Bill Haley aparece cantando Rock around the clock en la película Semilla de maldad (1955), protagonizada por el gran Glenn Ford, y sólo un año después surge en Valparaíso el primer rockero chileno: Williams Rebolledo.
Son los años de Kennedy, Kruschov y Malcolm X. La crisis de los misiles en Cuba y la construcción del Muro de Berlín.
Son los años de Kennedy, Kruschov y Malcolm X. La crisis de los misiles en Cuba y la construcción del Muro de Berlín hacen temer que la guerra deje de ser fría. Irrumpen los Beatles. En Francia se estrenaba Sin aliento, de Godard, que pulverizaba todo lo conocido y desarticulaba los viejos códigos de la narración y la conducta. Hitchcock también hace su aporte a las disociaciones de la época, con Psicosis. Mayo del 68 no sólo pone en aprietos al gobierno del general De Gaulle. Bonnie and Clyde (1967), El Graduado (1967) y Busco mi destino (1969) rompían con lo establecido y abrían una de las más fructíferas etapas del cine norteamericano.
En literatura, nadie sabe para quién trabaja: los mayores herederos de William Faulkner no están en suelo gringo, sino en Latinoamérica. Sin Las palmeras salvajes, sin Mientras agonizo, sería imposible comprender el boom y la obra de autores como García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Rulfo y Onetti. Individualmente, son espléndidos. Juntos, un cataclismo. Tomaron lo mejor de Faulkner, aprendiendo a jugar con el punto de vista y el uso del tiempo (nunca nada volvió a ser lineal), fundando territorios imaginarios y comprendiendo que la ficción es, sobre todo, una forma de acordarnos del honor, la compasión y la tragedia de la que está hecha la historia humana.
Surge el primer movimiento musical chileno: la Nueva Ola, réplica indisimulada del rocanrol estadounidense (Peter Rock era nuestro Elvis y Gloria Benavides nuestra Brenda Lee), pero con dos nombres que superaron la anécdota: Cecilia y Buddy Richard.
Tres meses antes de fallecer, en febrero de 1967, la gran Violeta Parra firma las últimas composiciones y define el rumbo de la Nueva Canción Chilena, un género de fusión latinoamericana y de mensaje consciente y coyuntural.
Nacen los padres fundadores del rock criollo: Los Jaivas, Los Blops y Congreso. Conscientes de que esto había que cantarlo en la lengua madre y sin afán de sonar como los de afuera, la santa trinidad del rock chileno entra en actividad con el nervio electrificado y la hermosa aspiración de sonar "chileno".
Las películas de estudio dieron paso al cine controlado por los directores en una década de oro fílmica para EE.UU.
La paz y el amor tan anunciados no se materializaron y la utopía sesentera quedó en eso. Golpes de Estado en toda América Latina y el escándalo Watergate, que terminó con la administración del Presidente Richard Nixon, recordaba que no hay nadie en quién confiar. Las películas de estudio en Norteamérica han dado paso al cine controlado por los directores. M.A.S.H. da el puntapié inicial a unos años que no temen tocar temas antes tabú. Alejandro Jodorowsky realiza El Topo, película de culto absoluta, llena de simbolismos, filosofía y quién sabe qué más. De Rusia llega un filme críptico y único, Solaris, de Andrei Tarkovski, mientras que títulos como Contacto en Francia, El Padrino, La Masacre de Texas, Tarde de Perros, Taxi Driver, El Francotirador, Las Puertas del Cielo y El Imperio de los Sentidos barren con todo lo conocido, pavimentan carreteras nuevas para hacer cine, lanzan al estrellato absoluto a algunos actores y luego los entierran, a la vez que retratan la decadencia. Pero no todo es para pensar. Spielberg y Lucas salvan al cine espectáculo e inauguran los blockbusters de verano, con La Guerra de las Galaxias y Tiburón. A fines de la década, aunque de otro modo, los estudios vuelven a roncar.
A Víctor Jara lo asesinan con las manos amarradas y lo rematan en el suelo, en septiembre de 1973. Se viene el toque de queda y la marginalidad rockera de Tumulto y Leña Húmeda. Mientras, la resistencia de gente como Quilapayún e Inti Illimani arroja algunos títulos memorables.
El mundo palpita punk y onda disco, pero en Chile los artistas optan por el jazz rock. Por la música de academia y sin palabras, esa que no queda mal con nadie, pero que hará escuela con gente como Quilín y, ya en los 80, con los imbatibles Fulano.
La literatura da la bienvenida al British Dream Team: todos tienen menos de 40 años y creen en diversidad multicultural.
Son los años de Reagan, Thatcher y Gorbachov. También -por favor- de Michael Jackson, el único ser humano en blanco y negro. Los cinéfilos suelen decir que fue una década ciclotímica: El toro salvaje y La Laguna azul. O los extraterrestres de peluche de Spielberg al lado de Terciopelo azul. Pero también hay otras opciones: Blade Runner, Príncipe de la Ciudad y Estallido Mortal. Harto slasher de ketchup en Martes 13, harto baile calenturiento en Flashdance y Dirty dancing. Clint Eastwood reivindica el relato clásico y afina el pulso.
La literatura da la bienvenida al British Dream Team: todos tienen menos de 40 años, todos participan de la diversidad multicultural. Ian McEwan, Kazuo Ishiguro, Julian Barnes, Martin Amis y Hanif Kuresihi son los autores del desquite de Inglaterra. Con menos aparato mediático, en Estados Unidos, Raymond Carver, Tobias Wolff y Richard Ford extraen montañas de emoción y verdad del minimalismo, con especial atención en los detalles y en las aflicciones de la modernidad.
En Chile, una chica de provincia dispuesta a todo hace su aparición con Sussi, y prende la filmografía nacional con osadía y seducción.
Griffero, Ruiz, Castro, Pérez y Electrodomésticos resisten en Matucana con la creación de vanguardia, y Santiago del Nuevo Extremo con Payo Grondona y Rudy Wiedmaier lo hacen en el Café del Cerro y en la Casona de San Isidro. Esta es la otra voz de los 80: la del underground y el Canto Nuevo, respectivamente.
Tres "mal agestados" de San Miguel se encierran en un estudio de calle Vichuquén, en el centro de Santiago, y graban La voz de los 80, disco que salió en diciembre de 1984 y que tuvo la osadía de anticipar el fin de una era. Tan deudores de Clash como de Víctor Jara, sacan las mejores canciones de la época y se atrincheran para el cambio que viene.
Rod Stewart la para de pecho y la remata de zurda a la platea. Setenta mil fanáticos lo miran y no la pueden creer. Es marzo de 1989 y por fin Chile asiste a un concierto de gran envergadura, un "megaevento", como se decía en la época, que inaugura una de las décadas más pródigas de visitas internacionales al país. Chile por fin sale al mundo.
Los Tres editan el 91 su primer disco y nadie queda indiferente. Tienen la herencia de la mejor new wave de fines de los 80.
El Muro se viene abajo, pero no es el fin de la historia. Lo que iba a ser una guerra corta, acotada e higiénica en el Golfo, se convierte en el primer capítulo de una pesadilla que persiste hasta hoy.
Como la Europa Central dejó de ser la jaula que había sido, Occidente redescubre la literatura centroeuropea posterior a la disolución del Imperio Austro Húngaro. Literatura de los nacionalismos y la caída: Joseph Roth, Hermann Broch, Thomas Bernhard, Primo Levi, Ismaíl Kadaré, Milan Kundera, Danilo Kis e Isaac Babel alumbran lo que quizá sea la zona más oscura -y herida- del siglo XX.
Scorsese regresa a la mafia con Los buenos muchachos. James Cameron le quita a Spielberg el magisterio del cine espectáculo con Titanic. David Lynch decide copiarse a sí mismo en Corazón salvaje, Clint Eastwood presenta una obra maestra titulada Los imperdonables. La computación entra de lleno en la pantalla, llenando de efectos especiales guiones vacíos de humanidad y destituidos de ingenio, justo en los momentos en que Pixar, un estudio de animación, se da cuenta que los guiones sí importan.
En Chile, un frustrado asalto en el centro de Santiago es llevado al cine con actores mexicanos en los roles protagónicos -Johnny cien pesos-, convirtiéndose en la película nacional que debería haber marcado un antes y un después. Poco más tarde, las historias de un programa radial -El chacotero sentimental- son trasladadas al cine y el público acude en masa a verlas.
Los Tres editan el 91 su primer disco y nadie queda indiferente. Tienen la herencia de la mejor new wave de fines de los 80, pero su sonido es aún más clásico e incluye swing, blues y cuecas, un guiño inesperado para una "banda joven" de la época.
Alerce y EMI coinciden a mediados de década con el anuncio de algo que va a cambiar el curso de las cosas: el nuevo rock chileno. Chancho en Piedra, Los Tetas, Lucybell y muchos otros salen al ruedo con estilos diversos y mayor sofisticación instrumental, pero sólo un puñado sobrevive al paso del tiempo.
Los Tres estuvieron a punto, pero La Ley lo logrará: vivirán en México, EE.UU., ganarán Grammys y grabarán especiales para MTV.
En días de desconcierto e indefinición, el mayor desafío es especializarse en la copia.
La era de la incertidumbre parte con el colapso de las Torres Gemelas en vivo y en directo. China inicia sus ensayos generales para convertirse dentro de poco en potencia mundial y una crisis financiera global de proporciones pone a medio a mundo -primero- a entonar un réquiem por el capitalismo y a la otra mitad -después-, a organizar el funeral del estado de bienestar.
El cine trata de hacerse eco de los hechos mundiales, pero el público no está dispuesto a ir al cine a ver más de lo que muestran los noticieros. Una ola de remakes y adaptaciones de viejas series de televisión irrumpe la pantalla. George Lucas sigue exprimiendo de manera inmisericorde la única idea que ha tenido en su vida; Tolkien es llevado extenuantemente a la pantalla y un mago nerd se convierte con más suerte que talento en ídolo. El cine de contextura más personal saca la cara con Paul Thomas Anderson, Kevin Smith y los hermanos Coen. Los hermanos Dardenne presentan El hijo; Jacques Audiard, El latido de mi corazón, y Alemania retrata a Hitler como un ser humano en La caída. Un nuevo éxito de taquilla se marca en el cine nacional con Sexo con amor y la década termina con el triunfo de La nana en la sección internacional de Sundance. Mientras tanto, unos marcianos azules -digamos Avatar- rompen todo récord imaginable, antes de taquilla que de inteligencia.
Entre los narradores del desconcierto y el desarraigo, los síntomas más claros de esta época, V.S. Naipaul el 2001 y J.M. Coetzee en 2003 se coronan con el Premio Nobel de Literatura. Nacido en Trinidad el primero y en Sudáfrica el segundo, para ambos Inglaterra significó el pasaporte a la civilización y a la literatura. Sin embargo, como bien lo demuestran sus novelas, a pesar de su inquebrantable voluntad por desprenderse de lo que eran, las raíces nunca pueden cortarse del todo: Naipaul arrastra su pasado colonial y Coetzee hace lo propio con la violencia del apartheid. Leerlos es una lección de independencia, coraje y originalidad.
En días de desconcierto e indefinición, el mayor desafío es especializarse en la copia. Eso instala una paradoja atroz: mientras más viejo sonabas, más moderno eras. La caída del disco como formato alimenta lo inevitable: que ahora lo puedes hacer por tu cuenta y sin pedirle permiso a nadie. MySpace e internet motivan la autogestión y nace un montón de bandas independientes que trabajan al margen de las grandes usinas y que ganan por lo que tocan. Como en los viejos tiempos.
Vuelven Los Prisioneros y Los Tres, dos pesos pesados del rock local. Pero las mejores noticias de la década las firman los que tienen menos pretensiones. Gepe, Javiera Mena y los de 31 Minutos, los mismos que editaron en 2003 el mejor disco de la década, ese que no sólo cantaron los más chicos de la casa.
La literatura, chilena y mundial, de estos últimos 60 años darían para llenar páginas y páginas. Más que hacer un recuento, escogimos 10 autores cuyas vidas y obras reflejan sus rasgos más esenciales. Exitos de venta, promesas no cumplidas, excentricidad, influencia y estar elevados a la categoría de culto son algunas de las marcas que definen a estos escritores.
El más influyente
Según Mario Vargas Llosa, el estallido mundial de Jorge Luis Borges se produjo a inicios de los 60. Partió en Francia y se extendió por todo el planeta. Varios años antes, el escritor argentino había prefigurado una ruta por la que transitaría buena parte de la literatura contemporánea. Piglia, Bolaño, Pamuk, Perec, Eco, Vila-Matas, Auster, Ballard, por nombrar sólo a unos pocos, están en la senda borgeana: una narrativa cargada al ensayo, sospechosa del realismo a secas y que pone en escena (y en tensión) su lugar en la historia literaria. Lector insondable, Borges rozó la perfección en libros como Historia universal de la infamia, Ficciones y El Aleph. Mientras despojaba al castellano de la pomposidad española, validó sin prejuicios al policial y la narrativa fantástica, y echó a andar una fecunda tradición metaliteraria. Aunque hasta hoy se presta para el despilfarro teórico, sigue sorprendiendo a los adolescentes que leen por primera vez Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. "Maten a Borges", pidió Gombrowicz cuando se iba de Argentina. Fue imposible. Después de todo, el mismo Borges ya había hecho su demanda: ser escritor es ser lector.
El más excéntrico
Tras la muerte de J.D. Salinger, es el último gran enigma de la literatura actual. Thomas Pynchon, el escritor invisible: la imagen más conocida son sus dientes de conejo que se ven en fotos de adolescencia. No da entrevistas ni hace lecturas públicas, y el mito dice que ni sus editores conocen su rostro. Algunos especularon que tras su nombre se escondía Salinger. Pynchon es el autor de lo freak: apocalíptico, paranoico y humorista delirante, en su estilo se cruzan la historia y la ciencia ficción, la religión y las matemáticas, la química, la física y la cultura pop. La crítica lo llama posmoderno. Es quizás el autor más influyente de las últimas décadas. Desde Don DeLillo a Foster Wallace y Dave Eggers, su obra ha sido una descarga eléctrica en la narrativa americana. El arcoíris de gravedad, su obra maestra, ganó el Nacional Book Award 1974: Pynchon envió al cómico Irwin Corey a recogerlo. En 1997, CNN lo captó en Nueva York. Pynchon logró que no transmitieran las imágenes a cambio de una entrevista con el rostro difuminado. "El término ermitaño es algo que inventa el periodismo para castigarte por no querer dar entrevistas", dijo. La cita la repitieron Los Simpson, que entregaron su imagen más reciente: cubierto con una bolsa de papel en la cabeza.
De culto
La figura de Rodrigo Lira, poeta que se quitó la vida en la tina el año 1981, fue por mucho tiempo la de un icono underground: sus escritos circulaban de mano en mano por medio de roñosas fotocopias, principalmente en ambientes juveniles y universitarios, y de él sólo hablaban algunos iniciados y quienes le conocieron en vida. Las reediciones más o menos periódicas de su obra, en especial las más recientes, han permitido acercar a Lira a un público que no estaba en guardia para recibir el mensaje, pero que sí ha disfrutado con él: la ironía y el sarcasmo que el autor dirige a su entorno, y a sí mismo, dan cuenta de una vocación que, históricamente, ha sido poco frecuente en la literatura nacional, tan dada a veces a la solemnidad y al engolamiento, cuando no a la patraña que fructifica cuando los números y el cálculo mercantil entran en escena.
Promesa incumplida
A los 18 años Gonzalo Contreras escribió Oh, colibrí, un cuento perfecto, un relato simplemente maravilloso, que debiera ser leído y releído por niños, jóvenes y adultos. Aquel logro le auguraba al entonces joven narrador una carrera literaria prometedora, llena de éxitos y de merecidas recompensas. Sin embargo y vaya uno a saber por qué motivos, la obra posterior del autor no consiguió ni mucho menos deslumbrarnos con similar intensidad. Miembro de un movimiento que hoy aparece exánime, si es que no derechamente extinto (La Nueva Narrativa Chilena), Contreras escribió varias novelas que no tuvieron trascendencia. En los últimos años su voz no se ha dejado oír: fue en 2008 que apareció una compilación de cuentos en la que venía, cómo no, el mencionado Oh, colibrí. Hay quienes todavía esperan que Contreras cumpla con las expectativas tempranas; yo soy uno de ellos.
La más exitosa
En un mundo habitualmente dominado por los hombres, ella es la reina. Ni Stephen King puede asustarla ni John Grisham enredarla con sus thrillers legales. Tampoco Dan Brown la intimida con sus conspiraciones secretas. J.K. Rowling, la creadora de ese hit llamado Harry Potter, es la escritora más exitosa de las últimas décadas. Con ventas sobre los 400 millones de libros y una fortuna estimada en US$ 1.200 millones, la escritora escocesa está en la cima del mundo de los bestsellers. King (350 millones de libros vendidos), Grisham (200 millones) y Brown (120 millones) la miran desde abajo. Su historia parece un cuento de hadas: comenzó a escribir Harry Potter cuando era una madre sola y desempleada. Y recibió una docena de rechazos antes de que Bloomsbury aceptara publicar el primer volumen. Hoy es la mujer más rica del Reino Unido. Pero su éxito no sólo se mide en ventas y en la serie de películas sobre la saga. J.K. Rowling logró algo más: renovó el género fantástico, le dio nueva energía a la literatura infantil y encantó a los niños con la lectura. Fue un fenómeno global: de EEUU a Japón, millones de pequeños trasnochaban esperando el lanzamiento del último Potter. Fue una locura, sí. Pero J.K. Rowling cruzó las fronteras de la literatura y logró lo que ningún autor consiguió antes: creó una generación de nuevos lectores.
La más exitosa
En términos mercantiles, la escritora más exitosa de los últimos tiempos es Isabel Allende. Sus libros se venden como pan caliente en todo el mundo y, escriba acerca de lo que escriba, ya se trate de El Zorro o de Inés de Suárez, la autora tiene un público cautivo que se cuenta por millones. Sin embargo, Allende nunca ha recibido el reconocimiento de la crítica, así como tampoco es considerada una igual por quienes se dedican a crear la literatura que trasciende el marco del bestseller o de la fórmula probada. La escritura de Isabel Allende viene a ser un producto más de nuestros tiempos. Y como tal, pasa a ser algo absolutamente prescindible. La tiranía del ranking -o el mal gusto de las masas- pesa demasiado a la hora de pensar en otros candidatos al cetro del éxito. No obstante, si de éxito puramente literario se trata, la palma se la lleva Nicanor Parra: el hombre inventó un género, lo expandió hasta el máximo de sus posibilidades y está vivo para contarlo todo en detalle.
De culto
Cinco libros que se resisten a cualquier clasificación bastaron para que el alemán W.G. Sebald se convirtiera en uno de esos autores que, como se dice hoy de Fleur Jaeggy y Aleksandar Hemon, "hay que leer". La razón está en su originalidad: Los anillos de Saturno, Vértigo, Los emigrados, Del natural y Austerlitz no son novelas, pero tampoco ensayos de viajes ni documentos históricos. O mejor: son todo eso junto. Sebald nació en 1944 y publicó su primer libro a los 44 años. Dos años después vino otro y luego otro y otro más. En sólo 13 años armó una obra que se vio abruptamente interrumpida cuando Sebald sufrió un ataque cardiaco mientras manejaba su auto, en diciembre de 2001. Si algo distingue su estilo, más allá del uso de fotografías y documentos que se intercalan con la narración, es la capacidad para desempolvar existencias olvidadas (la vendedora de una tienda en la que apenas entra un cliente, un botánico que participó en el siglo XVIII en una expedición a Alaska, un traductor alemán que fue adoptado a los nueve años por una familia británica) y sacar de allí una reflexión inquietante sobre nuestro presente. Sebald es el último gran escritor en registrar la devastación del paisaje físico y cultural de Europa.
Promesa Incumplida
Tuvimos mala suerte. Cuando vino a Chile, a fines del 2007, el escritor francés Michel Houellebecq había colgado su traje de controvertido. Y, aceptémoslo, esa era su gracia. A mediados de los 90, Houellebecq irrumpió como el nuevo enfant terrible de las letras francesas. Agrio, nihilista, pornógrafo y a ratos racista, Houellebecq llegó a ser comparado con Jean Paul Sartre por su primera novela, Ampliación del campo de batalla (1994). Con Las partículas elementales (1998) su fama creció: agotó ediciones, disputó el Premio Goncourt y se consagró como el más ácido retratista del vacío de la sociedad contemporánea europea. Pero Houellebecq, furibundo enemigo de la generación del 68, empezó a repetirse: en Plataforma (2002) remedó sus tics narrando una historia de turismo sexual. Y siguió acumulando enemigos: enfrentó un juicio por incitar a la violencia racial, después de insultar al Islam. Se lo tragaba el personaje. Houellebecq publicó La posibilidad de una isla (2005), una historia de clones y humoristas. Fue una decepción: no había pólvora, rabia ni arrojo. La promesa estaba rota. Francia volvía a quedarse sin grandes escritores vivos.
El más influyente
No hay espacio para dudas: el autor más influyente de las últimas décadas es Roberto Bolaño. Hoy en día, tanto en Chile como en el resto del mundo, la figura de Bolaño es reconocida, estudiada, valorada, y su literatura ha creado una escuela con tentáculos rastreables a lo largo de toda América y parte de Europa. Esto, en buena medida, se debe a una razón que admite cierto grado de paradoja, pues Bolaño no fue lo que uno entiende por escritor chileno. Me explico: al abandonar el país siendo prácticamente un adolescente, el autor de Los detectives salvajes comenzó a convertirse en un personaje muy diferente al que hubiese sido de haber permanecido en el país. Nos guste admitirlo o no, el enclaustramiento dentro de nuestras fronteras jamás hubiese estimulado el desarrollo de una literatura tan peculiar y amplia como la de Bolaño.
El excéntrico
En cuanto a volumen, profundidad y estilo, la obra de Germán Marín no tiene muchos rivales dentro de la literatura chilena de las últimas décadas. En una época en que la fusión entre el periodismo y las letras ha dado pie a la frase económica, a la continua interrupción, al lenguaje telegráfico y a otros facilismos, Marín persiste en un tipo de expresión densa, trabajada, cadenciosa y sorprendentemente efectiva. El autor, que en más de una ocasión ha declarado que su religión le impide el uso del punto aparte, ha ido configurando una ficción repleta de vertientes autobiográficas, que, además de tener el necesario e inquietante tono fantasioso, cumple con un compromiso que no es menor: bosquejar un retrato de lo próximo y reconocible.
Estos son los nombres de mayor gravitación en su respectiva categoría. Aunque todavía el cine chileno tiene más de proyecto que de industria, podrían estar dadas las condiciones -¿ahora sí?- para convertirse en una realidad de mayor peso cultural y en una actividad menos fluctuante y de mayor dinamismo.
El excéntrico
Que con 38 años haciendo películas no sea aún exhibido en el circuito comercial debería explicar por sí solo que este discípulo de Raúl Ruiz asome en esta categoría, donde sin dificultad entrarían también Carlos Flores (Descomedidos y chascones) o Juan Vicente Araya (No tan lejos de Andrómeda). Pero falta explicarse. Cintas como El zapato chino (1979) y Los deseos concebidos (1982) se sumergieron en un país del encierro y la paradoja, de cosas que se dicen a medias y de grupos e individuos refractarios a las caracterizaciones. Autor de la única cinta argumental hablada mayoritariamente en mapudungún (Cautiverio feliz, 1998) y de frases como "no quiero ser un contador de historias", ha sido en los últimos años objeto de un sostenido revival, que va de su participación en el Bafici a una retrospectiva en Toulouse y un libro publicado por Uqbar. En tanto, su vuelta al largometraje con una intriga de los bajos fondos (Tiempos malos) fue calificada en Argentina, con toda razón, como un "regreso incandescente". Sólo falta un empujón para que llegue a las salas.
El influyente
El puertomontino y sus películas, que nadie puede contabilizar sin equivocarse, forman un cuerpo reacio a los etiquetados, pero forjador de una marca inconfundible. Ya en tiempos de la UP, se distinguió por su estilo singular e independiente, generador de un influjo comparable al que han tenido pares como Miguel Littin y Patricio Guzmán. Instalado en Francia después del golpe militar, varió las temáticas y los acercamientos, pero siguió generando perplejidad y frunciendo ceños, ganándose a un sector de la crítica con su exploración de la inasible materia de la memoria, de los sueños y del tiempo, así como la representación artística y sus mecanismos, e irritando a quienes no pretenden acompañarlo en sus hermetismos. Caso excepcional de cineasta chileno honrado con el Premio Nacional de Arte, vuelve siempre al país, salvo en el último tiempo, por problemas de salud. En 2007, TVN lo presentó como "el cineasta más importante de nuestra historia", para anunciar su fantasmal serie de cuentos campesinos La recta provincia…, que iba a pasar en horario prime y terminó emitiendo a medianoche.
El exitoso
De las 10 películas chilenas más vistas entre 1990 y 2008, dos están dirigidas por este actor. Y de esas dos, Sexo con amor (2003) y El rey de los huevones (2006), la primera permanece incólume como la más taquillera de la historia local, con casi un millón de espectadores, y ha refrendado eso de que las risas, el erotismo y algunas miserias son un camino bien pavimentado para que la realización nacional se conecte con su audiencia. Y otro de los nombres exitosos de la última década, El Rumpy, que tras protagonizar El chacotero sentimental dirigió Radio Corazón y Grado 3, parece avalar lo anterior, sin perjuicio de que los dramas expuestos por Andrés Wood y Marcelo Ferrari (en Machuca y Subterra, respectivamente) hayan dicho lo suyo en boleterías. El rey…, en tanto, exhibió un mix casi chaplinesco de drama y comedia. En el tiempo que siguió, Quercia protagonizó y escribió Chile puede (2008), que vocación popular tenía, pero no consiguió resultados en esa línea, y dirigió Los 80, serie que anuncia nueva temporada en UC-TV.
De culto
No es evidente llamar así a un documentalista, de acuerdo, pero se admitirá que el calificativo es elástico. Y que bien puede venirle a un realizador que firmó su primer mediometraje (No olvidar, 1982, sobre el horror de los hornos de Lonquén) no con su nombre, sino con el de un ejecutado tras el golpe, Pedro Meneses. Que ganó cierta notoriedad cuando registró la historia de un taller de cine en una población santiaguina en Cien niños esperando un tren (1988) y que se confirmó en la primera línea de la no ficción local, cuando le tomó el pulso a una silenciosa guerra urbana en Aquí se construye (2000). Actor en cintas de Pablo Perelman, Cristián Lorca y Raúl Ruiz, Agüero sacó ronchas en 2008 con El Diario de Agustín, sobre El Mercurio. Su trayectoria lo confirma como un realizador de quien se ha de esperar sorpresivas dosis de realidad allí donde no se supone, lo que también puede decirse de colegas más jóvenes, como Cristián Leighton (El corredor) y José Luis Torres Leiva (Ningún lugar en ninguna parte).
La promesa incumplida
Tras 15 años en Alemania, donde estudió, filmó un documental sobre Douglas Sirk y su primer largo argumental (La voz, 1988), este egresado de la UC regresó a Chile y sorprendió a medio mundo al elaborar el tenso relato de un asalto con toma de rehenes en pleno centro de Santiago. Johnny Cien Pesos (1993) fue un pequeño acontecimiento que se ganó la confianza del público, que le sacó una foto medianamente enfocada a la sociedad chilena y que evidenció interesantes dotes de su director para manejar los tiempos y crear ritmos y tonos acordes con una lógica de género. Pero luego vino una apuesta que volvió a alejarlo del país: trabajar en Hollywood. Ello derivó en dos largometrajes de estándares más bien modestos (Enemigo de mi enemigo e Instinct to kill) que, más allá de que hiciera la tarea, no consiguieron afirmarlo en la industria. Más tarde, en 2005, vino un nuevo regreso, tras el cual contribuyó a la serie televisiva Héroes, con producciones sobre Prat y Balmaceda. Algo, sin embargo, sigue pendiente.
La historia del cine de las últimas décadas puede ser vista a través de miles de películas. O de cientos de realizadores. Pero con un poco de arbitrariedad, también a través de cinco perfiles.
El más exitoso
Durante años, las revistas de entretenimiento en Estados Unidos han apostado a diferentes cineastas del más curioso pedigrí para llenar la vacante conocida como "El nuevo Spielberg". Robert Zemeckis (Volver al futuro, Náufrago), Peter Jackson (El señor de los anillos, King Kong) y J.J. Abrams (Lost, Star Trek) han desfilado y bailado con distinta gracia en tal categoría para, de una u otra forma, decepcionar a la larga y nunca cumplir con las expectativas depositadas.
En los 12 años que mediaron entre el estreno de sus filmes Titanic y Avatar (entre 1997 y 2009), el nombre de James Cameron se ha escuchado siempre como el único con el suficiente peso mediático y económico para ser el nuevo Spielberg. El calificativo de "Rey Midas del cine" (que es como llamaron los medios al director de Indiana Jones en los años 80) calza perfecto en las coordenadas de Cameron, de quien sólo se esperaba saber el resultado de Avatar para avalarlo como dueño absoluto de las boleterías. Ya con Titanic había conseguido realizar la cinta más taquillera de la historia (US$ 1.800 millones) y fue él mismo quien superó su propio récord con Avatar, filme que se empina sobre los US$ 2.700 millones en recaudación, a siete meses de su estreno mundial.
En su empeño por elaborar una moderna fábula ecologista, Cameron fue doblemente exitoso: por un lado, dio flujo libre a sus inquietudes ambientales, ya vistas en sus documentales sobre el mundo submarino, y desarrolló una moderna tecnología capaz de ofrecer la mejor posibilidad para el cine 3D, por el otro. Hijo de un ingeniero eléctrico y de una enfermera con inquietudes artísticas, Cameron logró fundir en un mismo filme dos cosas que a menudo se agarran a golpes: la ecología y la técnica.
La habilidad y perseverancia de este director (que no tiene, en cualquier caso, la variedad temática de un Spielberg o un Zemeckis) lo han hecho tomarse su tiempo para cada nuevo proyecto, evitando caer en la trama del rodaje tras rodaje que agotó tempranamente a Peter Jackson en King Kong y Desde mi cielo.
El más influyente
En agosto del 2007, dos semanas después de la muerte de Michelangelo Antonioni, Martin Scorsese publicó un extenso artículo, en The New York Times, llamado "El hombre que liberó las películas". El solo título de esta nota dedicada a Antonioni refleja hasta qué punto el director de Toro salvaje había bebido del espíritu del italiano, alimentando su cinefilia en aquel lejano 1961, cuando vio por primera vez La aventura en un cine de Nueva York, y comparándolo con otro cineasta que lo choqueó de igual manera ese mismo año: Alfred Hitchcock y Psicosis, película donde la protagonista también desaparecía en el primer tercio de la historia.
Pero si el cineasta inglés tuvo una influencia muy evidente en las generaciones de los 70 y 80, la huella de Antonioni ha sido mucho más elusiva y sutil, como su propio cine. Relativamente olvidado después de su alejamiento de las cámaras, debido a una parálisis que lo dejó fuera de combate en 1985, Antonioni ha vuelto a ganar terreno y adeptos incondicionales entre los cineastas que tomaron por asalto los festivales del segundo milenio. Hay un cierto tipo de cine que lo capitaliza de la misma manera que al francés Robert Bresson y al japonés Yasujiro Ozu, dos antecedentes claros del italiano. Un gran contingente del cine reciente realizado en oriente (desde los taiwaneses Edward Yang, Hou Hsiao-Hsien y Tsai Ming-Liang hasta el hongkonés Wong Kar-Wai) y en Latinoamérica (el mexicano Carlos Reygadas, la argentina Lucrecia Martel, el chileno José Luis Torres Leiva) le debe mucho estilísticamente a este director amante de las tomas largas, los escenarios naturales, los planos estáticos, las narraciones elípticas y los finales abiertos. Antonioni nunca temió al aburrimiento en la medida en que fuera capaz de imponer su estilo moroso e íntimo al espectador, exigiendo especial atención a sus películas de austeridad insobornable.
Hoy, cuando los planteamientos de narraciones lineales y tradicionales son incluso puestos en duda por blockbusters como El origen de Christopher Nolan, el estilizado e intelectual cine de Michelangelo Antonioni vive un nuevo y amable período de cosechas en el mundo.
El director de culto
John Cassavetes solía trabajar con los mismos de siempre. Ese era su método de trabajo y sólo quienes respondían con total entrega a su sensibilidad podían compartir una tajada de creatividad en sus filmes. Esta es una de las razones por las que Cassavetes jamás dirigió a una figura de Hollywood ("necesito actores que no se crean más importantes que el personaje") y también la causa de que sus filmes sean tan personales, únicos, inimitables. Cualidad que también planea sobre cineastas tan diversos como David Cronenberg, David Lynch, George A. Romero, John Carpenter o, Dario Argento. Cassavetes fue más allá que todos ellos al establecer una nueva forma de hacer cine, ya anunciada de alguna manera por Samuel Fuller: el llamado cine independiente, de espaldas a Hollywood, financiado por su propio bolsillo. Hoy el concepto ya está acribillado y es así como cada gran estudio de Hollywood detenta su propia división "independiente". Aún así, el ejemplo de Cassavetes permanece y cada nueva generación le debe algo. Nombres como Todd Solondz (Happiness), Kelly Reichardt (Wendy y Lucy) y Ramin Bahrani (Goodbye Solo) se guían bajo el código de rodar con agenda propia, sin financistas que luego quieran modificar el guión a su gusto. El actor Peter Falk (uno de la troupe de Cassavetes, junto a Ben Gazzara y Gena Rowlands) decía que el realizador de Torrentes de amor "no tenía un solo hueso falso en su cuerpo" y que era el tipo "más ferviente" que hubiese conocido. Cassavetes realizó 12 películas en casi 30 años de carrera. La mayoría de sus trabajos fueron producidos por él mismo, con sus amigos actores, trabajando gratis y con la casa hipotecada. Era la única forma en que podía asegurar su independencia, sin caer bajo el mandato de ningún productor todopoderoso. Ese estilo de vida y trabajo es el que hoy lo mantiene en el sitial que mereció en vida.
El más excéntrico
Aunque David Lynch es un cineasta tan de culto como excéntrico, es este último aspecto el que más lo define. Responsable de filmes fundamentales como Terciopelo azul y Mulholland Drive, Lynch emerge en los años 70 con la película Eraserhead (1976), expresando ya en esta ópera prima las claves de su universo onírico y poblado de personajes en fuga. A menudo sus filmes operan como rompecabezas, sin ataduras a ninguna lógica, cual modelos para armar al gusto del espectador.
En Lynch, no hay que buscar coherencia, sino sorpresa y desconcierto. Sus películas están pobladas de protagonistas que en otros filmes serían los parias, demostrando que el comportamiento normal es el del excéntrico, del raro, del demente.
Es tal el nivel de importancia de Lynch, que el adjetivo "lynchiano" se ha incorporado con sorprendente rapidez en el diccionario cinematográfico de los últimos 30 años. Sin embargo, desde el estreno de su última película en el 2006 -Inland Empire, su filme más largo y enigmático-, el cineasta ha parecido extraviarse más y más hacia la ruta de quienes no desean volver al cine.
En 2008, el director de El hombre elefante realizó un documental llamado The interview project que él llamó una suerte de "conversación con tipos normales y corrientes acerca del significado de la vida". En él, el director conversa con el cantautor Donovan y el físico John Hagelin, todos miembros del movimiento de Meditación Trascendental fundado por el Maharishi Mahesh Yogi.
Durante los últimos años, Lynch (que además tiene una faceta no menor como artista plástico) ha exprimido sus energías en dar conferencias alrededor del mundo como embajador de este movimiento y hay dos películas que maneja en calidad de proyectos: una es animada y la otra es un documental sobre el Maharishi. Al parecer, lo perdimos.
La promesa no cumplida
Hace 11 años, el Festival de Venecia fue sacudido por una película en la que el actor John Malkovich interpretaba una versión desquiciada de sí mismo y en la que la rubia Cameron Díaz encarnaba a una nerd con un chimpancé como mascota. El protagonista, John Cusack, era un titiritero fracasado y largos pasajes de la historia transcurrían en el piso 7 y 1/2 de un edificio neoyorquino, un lugar de dimensiones enanas, donde todo el mundo caminaba arrastrándose o agachado.
Hoy, ¿Quieres ser John Malkovich? sigue siendo un filme de culto, pero su director, Spike Jonze, ya no juega más en el campo de los hombres influyentes del cine hollywoodense. Por el contrario, pasó poco tiempo para que todos se dieran cuenta de que el verdadero genio tras bambalinas era el guionista Charlie Kaufman, hombre del que se sigue hablando hoy y quien estuvo tras el guión de otro filme de culto: Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.
Forjado en el dinámico ambiente del videoclip (su obra maestra al respecto es el clip de la canción Sabotage, de los Beastie Boys) y dueño de un estilo visual hiperkinético, Jonze empezó lentamente a perder el vuelo tras haber llegado demasiado alto muy joven con ¿Quieres ser John Malkovich?
Tras esa película reincidió en su colaboración con Kaufman a través de la estimable El ladrón de orquídeas (2004) y después de rechazar varias ofertas se concentró en el proyecto de llevar al cine el clásico relato infantil Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak. La película homónima se estrenó el año pasado con críticas moderadas y escaso impacto mediático (a Chile nunca llegó a salas) y demostró que sin Kaufman, Jonze es un cineasta sólo correcto y una promesa no cumplida.
Movidas han sido las últimas seis décadas para la escena de las artes visuales nacionales. Aquí, sus principales hitos y tendencias.
En los 80, la teórica francesa Nelly Richard acuña el término Escena de Avanzada para denominar a un grupo de artistas que en los años más duros del gobierno militar se opuso al discurso oficial, utilizando sofisticados códigos para burlar la censura. Figuras como Eugenio Dittborn, Carlos Leppe, Gonzalo Díaz y Carlos Altamirano protagonizaron una actitud que sigue siendo, hasta ahora, referente obligado en la historia del arte contemporáneo chileno.
En 1994, el artista Juan Dávila echó a circular por el mundo una postal con la imagen de Simón Bolívar montado en su caballo. Pero su héroe se apartaba de la versión clásica: el carnavalesco Bolívar de Juan Dávila era de raza negra, exhibía unos senos prominentes e insultaba al espectador levantando el dedo medio de la mano derecha. La postal llegó a un escritorio de la embajada de Venezuela, generando un escándalo a nivel diplomático. Incluso, como gesto de protesta, los venezolanos incendiaron una bandera chilena y hasta el Fondart estuvo en problemas por haber asignado fondos a esta obra. Este hito constituyó una gloriosa oportunidad en la que el arte chileno salió de los suplementos culturales para ocupar las primeras planas de los diarios.
El más adelantado
La reciente retrospectiva sobre la obra de Juan Downey realizada en la Sala Telefónica confirmó la sospecha: indudablemente, se trata del artista más visionario que ha tenido Chile. No sólo porque se adelantó en aspectos tecnológicos y formales, como el uso del video (que él ya conocía a finales de los años 60), la investigación en torno a la cibernética (también en la misma época) o el trabajo con las instalaciones de arte. Lo más asombroso es que la obra de Downey en los años 70 ya planteaba problemas como la crisis ecológica y medioambiental, la democratización de la información o el poder de las transnacionales. Todos temas que, tres décadas más tarde, protagonizarían el debate político y cultural.
El más influyente
Desde 1968, Langlois Vicuña no ha parado de producir una obra muy potente y personal, utilizando materiales precarios. Sin embargo, siempre se mantuvo al margen del medio del arte y ni siquiera se llamó a sí mismo "artista". Sumido en sus manualidades, Langlois atravesó la dictadura y, aún después de un buen tiempo en democracia, siguió al margen de los honores culturales. Sólo vinieron a darse cuenta de su peso en el 2006, cuando recibió el Premio Altazor por su muestra Papeles Ordinarios, en la que montó un grupo de 30 personajes a escala humana realizados con papel de diario, que representaban escenas eróticas. A los 74 años, Langlois Vicuña es una figura de culto para las nuevas generaciones de artistas.
El protagonista
Sin duda, el agente más visible del campo del arte chileno es Justo Pastor Mellado. Si se reúne toda la bibliografía existente sobre arte contemporáneo nacional, los textos escritos por Mellado superan ampliamente lo que haya escrito cualquier otro teórico o curador. Lo mismo en relación a las curatorías: él ha estado detrás de los envíos internacionales más importantes, como Mercosur, Sao Paulo y Bienal de Venecia, y es quien ha realizado también más curatorías en Chile. Además, ha sido director de dos escuelas de arte y ha protagonizado los debates artísticos más álgidos, como el que se suscitó a partir de la Trienal de Santiago, en la cual él acusó a los organizadores de ineptos. Aunque muchos lo consideran un personaje controversial, nadie puede cuestionar su autoridad y legitimidad.
En los años 50, en Chile la única escuela de arte era la de la Universidad de Chile. Hoy, hay una veintena. Sin duda, esto constituye un cambio drástico en la estructura del campo, ya que se genera un aumento exponencial de artistas universitarios, lo que produce una mayor competencia y, a su vez, la necesidad de nuevos mecanismos de profesionalización del oficio. Las últimas encuestas estiman que mas de 400 alumnos egresan cada año de las carreras de arte. El mismo fenómeno ha ocurrido respecto de las galerías, contándose hoy más de 35 galerías comerciales en Chile.
En el marco del festival "Santiago a Mil" la compañía francesa Royal de Luxe trajo a Chile, el 2007, un espectáculo que movilizó a miles de personas en la capital. Era "La Pequeña gigante", marioneta de siete metros de altura, que es accionada por un grupo de varios artistas, logrando que la muñeca mueva sus extremidades y exprese sus emociones.
"La Pequeña Gigante", que a la larga se transformó en una de las grandes expresiones culturales masivas durante el gobierno de Michelle bachelet, se paseó por Snatiago durante tres días, oportunidad en la que fue vista por más de 700.000 personas.
El montaje incluía una historia en la que el centro de Santiago se instala como escenario, interviniento los espacios públicos para contar que un rinoceronte andaba suelto y que la misión de la gigante en suelo chileno era encontrarlo.
Su arrollado éxito hizo que volviera nuevamente el 2010, para celebrar el Bicentario. Pero esta vez con otra historia y otro personaje: su tío, el "Señor Escafandra", de 11 metros de altura, fue quien vino a buscar a su sobrina. El nuevo espectáculo fue visto por más de un millón de personas, las que siguieron sus aventuras por las calles de la capital.
Fueron los que iniciaron un género, un formato. Los que se atrevieron a dar el primer paso y crearon una escuela. Desde el primer noticiario al primer reality show. Desde la primera teleserie al primer estelar. Los espacios que abrieron un camino.
Fue el primer programa de variedades de la pantalla local y el precursor de Sábados gigantes. Además, hasta cierto punto, es uno de los primeros formatos importados, ya que se basó en el espacio argentino Sábados circulares. Desde un inicio fue animado por Mario Kreutzberger, Don Francisco, e incluía segmentos de concursos, reportajes, participación del público, etc. Hoy con el nombre de Sábado gigante, sigue en pantalla.
La precursora de las comedias de situaciones y series en la TV chilena. Estaba protagonizada por Emilio Gaete y Malú Gatica y, como todos los programas en esa época, era en vivo y en directo. Se transmitía una vez a la semana y se enfocaba en la vida cotidiana de una familia. Además, fue el antecedente para la recordada serie que la sucedió, Juani en sociedad, protagonizada por el mismo Gaete y Silvia Piñeiro, entre otros.
El primer noticiario propiamente tal de la pantalla local, junto con Pantalla noticiosa. Repórter Esso, de Canal 13, tenía un formato de 15 minutos diarios, de lunes a viernes, a las 22 horas. Estaba auspiciado por la homónima marca de petróleos y se estructuraba principalmente con noticias de la cadena CBS y de la agencia noticiosa United Press. En la conducción estaba José "Pepe" Abad.
Inauguró el género de reportajes en la TV. Conducido por José Gómez López , mostraba datos de la historia de Chile con testimonios. Y, tal como los actuales programas de este corte, también tuvo su cuota de polémica: el espacio terminó abruptamente cuando sus realizadores y conductor renunciaron, a raíz de la prohibición de Canal 13 de emitir un capítulo sobre la Matanza del Seguro Obrero, en 1939.
Fue la primera teleserie realizada en Chile. Tuvo 93 capítulos de 35 minutos cada uno. Los protagonistas fueron Mirella Latorre y Leonardo Perucci. La trama mezclaba temas de las teleseries actuales y otros más clásicos: se trataba, en un principio, de la historia de amor de una chica adinerada y un joven de clase media, pero pronto se convierte en una historia policial, con una serie de asesinatos de parte del villano de la historia.
El primer estelar musical, el fundador de un género que después tuvo como exponentes shows como Martes 13 y Siempre lunes. Fue la primera vez del equipo formado por Gonzalo Bertrán (Viva el lunes), César Antonio Santis y el productor musical Camilo Fernández, que después hicieron programas como Kukulina show, entre otros.
El primer matinal fue conducido por Jorge Rencoret y fundó un género que se mantiene prácticamente intacto. Era un programa misceláneo que se emitía en Canal 11 y que mezclaba cocina con actualidad, gimnasia, música y opiniones de panelistas, como Pepe Guixé, entre otros. Cuando Rencoret emigró a TVN para hacer un programa al mediodía, la conducción pasó a manos de Carlos Bencini y Susana Hornos.
Fundador de los docureality chilenos. Cara y sello presentaba, buscando contrastes, dos realidades paralelas, tanto de grupos humanos como de personas. Originalmente era realizado por la productora Calypso para Mega, con la dirección de Rodrigo Leiva. En los últimos años, el género se expandió y hoy es uno de los que dominan, con espacios como Esta es mi familia, Nadie está libre y Cásate conmigo.
Se convirtió en el primer programa de farándula. Aunque en sus inicios (1999) se trataba de un programa de espectáculos, con el tiempo giró sus temas para incluir eventos y temas derechamente de farándula. Al año siguiente, en julio, apareció SQP, el primero en estar explícitamente dedicado al tema; y en octubre de ese mismo año, Primer plano estrenó el formato que lo caracteriza ahora, conducido por Carolina Fadic.
Inauguró el género reality. Realizado por un equipo encabezado por Nicolás Quesille, el programa es uno de los más exitosos del género, con 28,4 puntos de rating promedio. Causó una serie de cuestionamientos, especialmente del Consejo de la Corporación de la Universidad Católica, que no vio con buenos ojos el contenido del espacio, que tenía a un grupo de jóvenes encerrados, compitiendo por un papel en una telenovela del canal.
No son los "mejores", porque eso lo define cada uno, pero sí los más influyentes, los imperdibles, los que todos deberían escuchar. De Lucho Gatica a 31 Minutos y de Violeta Parra a Los Tres, la música chilena de los últimos 60 años está hecha de títulos notables y géneros diversos. Aquí, una lista esencial.
"Pitico" venía grabando desde hace años, pero recién en 1958 los ejecutivos de turno entendieron que a este chileno avecindado en México, que a esta voz excepcional nacida en Rancagua, había que hacerle un disco entero con todos los sencillos que había publicado en los últimos años y tirarlo a la calle y ver qué diablos pasaba. Este fue el primero de los tres álbumes que el mayor cantante chileno de la historia, uno que no por nada fue conocido como el "Sinatra latino", publicó durante 1958 e incluye algunas de las mejores canciones que grabó en Londres, bajo la supervisión del director Roberto Inglez. Noche de ronda y A la orilla de un palmar son melodías inmortales, arregladas con guitarras y esa voz sobrecogedora que sigue conmoviendo tal como hacía bajo el crepitar de la aguja sobre el vinilo.
Menciones honrosas: Cumbara cumbara (1957), de La Orquesta Huambaly; A la orilla de la playa (1958, Odeón), de Sonia y Myriam; Tonadas de Manuel Rodríguez (1955, Odeón), de Vicente Bianchi sobre textos de Pablo Neruda; Un piano con alma (1958, Odeón), de Valentín Trujillo.
Es, quizás, uno de los grandes misterios de la música chilena. Cómo esta mujer notable, esta voz definitiva del canto chileno, se atrevió a elevar ese himno existencialista y definitivo llamado Gracias a la vida sólo dos meses antes de que tuviera la pésima idea de volarse los sesos, despechada por la partida de su compañero francés Gilbert Fauvre a Bolivia. Grabado en diciembre de 1966, la mayor figura del clan Parra mezcla sirilla y rin, desencanto y una voz madura en su álbum más trascendente. Aquí se advierte, mejor que nunca antes, su olfato de gran recopiladora del folclor chileno (a lo que dedicó gran parte de su vida) y su incansable ánimo por mezclar y reinventar la música de raíz popular. Aquí nace, de paso, la Nueva Canción Chilena, el primer movimiento orgullosamente localista y con identidad propia.
Menciones honrosas: Entre mar y cordillera (1966, Demon), de Patricio Manns; Y volveré (1969, EMI Odeon), de Los Angeles Negros; Buddy Richard en el Astor (1969, RCA Victor), de Buddy Richard; La cueca brava (1968, EMI Odeón), de Los Chileneros.
Dos años antes de que lo acribillaran a balazos, Víctor Jara, ya dedicado totalmente a la cantautoría de tono social y conmovido por la guerra de Vietnam, se asoció con Los Blops -padres fundadores del rock criollo junto a Los Jaivas, Congreso y Panal- y grabó uno de los más señeros manifiestos de la canción chilena, uno que a través de un título profético anticipó el curso de las cosas en el país. Activista y hombre de izquierda, Jara electrifica su sonido casi como un Dylan criollo y fusiona el folclor del campo profundo con el rock urbano y urgente de la época. Con la banda de Gatti grabó El derecho de vivir en paz y Abre la ventana, ampliando las posibilidades de la canción de autor con teclados y guitarras. Signo de los tiempos, aquí se anota una de las joyas de la Nueva Canción Chilena.
Menciones honrosas: Inti-Illimani (1970, Odeón), de Inti-Illimani; La ventana (1972, RCA Victor), de Los Jaivas; Cantata popular Santa María de Iquique (1970, Dicap), de Quilapayún; Fernando Ubiergo (1979, RCA Victor), de Fernando Ubiergo.
Llegó con un cuaderno de colegio lleno de anotaciones y las ideas claras al estudio de la vieja casona ubicada en Vichuquén 348, a cuadras de calle Marín. En sólo tres días, el tiempo disponible para el pobre presupuesto del que disponían, Jorge González les indicó a sus colegas todo lo que tenían que hacer, los solos y los cambios de ritmo, los finales y los coros, porque este sanmiguelino de lengua larga, mirada esquiva y genio ligero sabía perfectamente lo que estaba buscando: un disco marcador y revolucionario. Uno que, finalmente, tuvo la osadía de anticipar el fin de una época y el arribo de otra donde La voz de los 80 fue el himno definitivo. Uno que todavía escenifica con cruel lucidez los tiempos que corren.
Menciones honrosas: Pájaros de arcilla (1984, CBS), de Congreso; Viva Chile (1986, Emi Odeón), de Electrodomésticos; En el Búnker (1989, Alerce), de Fulano; El hombre que yo amo (1988, EMI Odeón), de Myriam Hernández.
No tuvo la sofisticación sonora de La espada y la pared (1995) ni el arrojo musical de Fome (1997), pero el primero de Los Tres, que en realidad eran cuatro y venían de Concepción, fue la mejor carta de presentación de unos tipos que declaraban influencia británica en su equipaje (Smiths y new wave ochentera, principalmente), pero que no ocultaban una aspiración que haría escuela: esa de sonar "típicamente chilenos" y de marcar diferencia instrumental con el pobre legado del peor rock latino de los ochenta. Primero sedujeron al circuito de universitarios y a los que siempre andan atentos a la próxima jugada, pero en cosa de meses fue una escena entera la que terminó abducida por el efecto elegante y rítmico de canciones como La primera vez, Un amor violento, Somos tontos, no pesados y He barrido el sol.
Menciones honrosas: Ser humano!! (1997, EMI Odeón), de Tiro de Gracia; Dulce y Fatal (1995, EMI Odeón), de La Sociedad; Doble opuesto (1991, PolyGram), de La Ley; Mama funk (1995, EMI), de Los Tetas.
Disco de cabros chicos, de un género tan ninguneado como el de la música infantil, esos que desempolvas sólo cuando aumenta la familia. Todo muy cierto, pero con más profundidad, ironía y musicalidad que los cacareados retornos discográficos de Los Prisioneros y Los Tres juntos, también ocurridos entre 2000 y 2009. Estas canciones escritas por el periodista Alvaro Díaz y el músico Pablo Ilabaca (guitarrista de Chancho en Piedra) las cantaron todos: Bailan sin Cesar, Mi equilibrio espiritual y Mi muñeca me habló son clásicos de esta época por su talento, naturalidad y simpleza, y se alzaron en días de replicantes y de vacas sagradas y de modas de electrónica bailable y cantautores sin voz propia. Sin buscarlo desesperadamente, el mejor escenario para que salgan los clásicos, los responsables de Tulio y compañía dieron con un álbum mayor.
Menciones honrosas: Robar es natural (2002, Big Sur), de Bitman & Roban; Canción de lejos (2002, Sony Music), de Los Bunkers; Gepinto (2005, Quemasucabeza), de Gepe; Pánico (2005, Alerce), de Manuel García.